El ciudadano atento
LA BARBARIE
Dr. Luis Muñoz Fernández
En el Diccionario de la Real Academia la palabra barbarie tiene dos acepciones, la segunda más inquetante que la primera:
1.-Falta de cultura o civilidad
2.-Fiereza, crueldad.
De la primera tenemos muchos ejemplos cotidianos. Recuerdo en mi época de profesor en la Universidad Autónoma de Aguascalientes cuando, en el momento de dar mi clase, me veía interrumpido por el potente sonido de los jardineros que, armados con unos tubos motorizados como si de cañones se tratase, barrían a fuerza de soplidos las hojas de los árboles que habían caído en suelos y parterres. Igual diría de la cháchara ruidosa de los alumnos en los salones vecinos. Desde luego, ellos ignoraban la molestia que me causaban. Era una forma pequeña e involunaria de barbarie.
Otro ejemplo mucho más frecuente es el momento en el que uno pretende incorporarse al arroyo vehicular desde el lugar en el que había estado estacionado y no encuentra ni un solo vehículo que enlentezca o detenga unos instantes su marcha para cedernos el paso, cuando no nos llena de improperios si osamos asomarnos buscando un hueco. Verdaderos energúmenos al volante.
Lo mismo puede decirse de aquellos cajones de estacionamiento destinados a los discapacitados que con frecuencia ocupan sin el menor remordimiento sujetos y sujetas en plena posesión de sus facultades físicas (me temo que no podemos decir los mismo de sus facultades mentales y prendas morales). Sobre esto recuerdo un letrero en uno de esos espacios cercanos al parque de Doña Casilda, en Bilbao, capital de Vizcaya, País Vasco: Plaza kentzen badidazu, hartu nire ezintasuna (Si me quitas la plaza, quédate con mi discapacidad). Ese tipo de letreros no nos vendrían nada mal en nuestro país, aunque dudo de su efecto entre nosotros, poseedores de una larga y vigorosa tradición de valemadrismo.
Sobre la segunda acepción de la barbarie, la humanidad la ha padecido sin descanso a lo largo de toda su historia. Tanto, que casi podríamos decir que forma parte consustancial de la condición humana. Una lacra de la que, pese a todos los avances de eso que llamamos civilización y progreso, jamás nos la hemos podido quitar de encima. Sigue tan presente como el primer día. Hubo una época reciente en la que, cuando esa barbarie sucedía en un lugar remoto, apenas hablaban de ella los medios de comunicación y, cuando cercana, se disimulaba, se negaba, se ocultaba o simplemente se dirigía la mirada hacia otro lado para no verla. Hoy, en la cúspide todavía imbatida del cinismo, se transmite en horario estelar, en vivo y a todo color, urbi et orbi. Ejemplos tenemos a puños.
Ahí tienen ustedes lo de Gaza que, aunque ha últimamente ha perdido fuelle en los medios y se va tendiendo sobre el tema el velo de la indiferencia, sigue dando de que hablar… y escribir. Citaré un par de ejemplos sin dejar de advertir con anticipación que, como en muchas de estas situaciones, llegan a ser tan culpables los hunos como los hotros (Miguel de Unamuno dixit). Finalmente, lo que menos importa es el bando. En cuanto barbarie, se trata del ser humano contra el ser humano. Como decía Plauto: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”.
Santiago Alba Rico, escritor y estudioso del mundo árabe, nos dice en Gaza y el destino del mundo. Un ensayo sobre la verdad, el poder y el retorno de la barbarie (Arpa, 2026): “La violencia, sí, contamina al que la ejerce, al que la sufre y al que la mira. Esa es, por cierto, la novedad de Gaza. Hasta ahora la violencia contaminaba solamente al que la ejercía y al que la sufría porque se ejercía en habitaciones excusadas donde nadie podía verla. En Gaza no ha habido nada reservado, clandestino o inconsciente. Todo lo hemos visto a la luz del sol y en tiempo real, mientras se producía. Nos ha ensuciado, por tanto, a todos”.
El joven médico gazatí Ezziden Shehab describe sus experiencias en la Guerra de Gaza atendiendo a sus víctimas en Diario de un joven médico. Notas sobre el genocidio en Gaza (Seix Barral, 2026). Testigo directo de la barbarie, se preguntaba con dolor insoportable una noche: “¿Qué pecado puede haber cometido un niño, una madre, un pueblo como para merecer este depurado e implacable tormento?”. Y concluía: “No llega la respuesta. Nunca llegará ninguna”.
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