El ciudadano atento 

Enseñar para aprender

Dr. Luis Muñoz Fernández 

Expresa una gran verdad el dicho “la mejor manera de aprender es tener que enseñar”. A lo largo de las últimas semanas he tenido la oportunidad de hablar sobre algunos aspectos de la ética médica ante el Comité Hospitalario de Bioética del Hospital Christus Muguerza de Reynosa, Tamaulipas, a un grupo de médicos internos recién graduados en el Hospital Ángeles Puebla y a los alumnos del Diplomado Internacional de Bioética Clínica organizado por la doctora Cruz Netza Cardoso.

Eso me ha llevado a familiarizarme un poco más con el tema a través de la lectura de las obras de reconocidos expertos como Diego Gracia Guillén (1941), médico español, y Edmund Daniel Pellegrino (1920-2013), médico estadounidense.

Leyendo al primero en Como arqueros al blanco. Estudios de bioética (Triacasatela, 2004), he aprendido que la palabra “profesión” proviene de la latina professio, cuyo significado original era la promesa pública (juramento) hecha por el recién graduado de cumplir ciertas obligaciones y actividades y la aceptación por la sociedad de ese compromiso.

En Las virtudes en la práctica médica (Editorial Universidad Francisco de Vitoria, 2019), Pellegrino señala que en el caso de los médicos, el compromiso es el cuidado de los enfermos a través del conocimiento profesional que la misma sociedad le ha entregado en monopolio para que lo administre juiciosamente. La posesión de ese conocimiento obliga al médico a preservarlo, validarlo, enseñarlo y ampliarlo.

Siempre me ha intrigado el porqué a los médicos se nos llama doctores sin serlo formalmente, aunque, siendo una minoría, existen los auténticos doctores en medicina que han aprobado el grado correspondiente. Diego Gracia cita aquí al lexicógrafo Sebastián de Covarrubias (1539-1613), quien en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), el primer diccionario publicado en Europa para una lengua vulgar, dice:

“Se les llama también doctores por la precisa necesidad que ay de que sean muy doctos, más que los graduados en teología o derechos, porque si yerran los primeros, ay recurso a la Yglesia, y al Santo Oficio, y si los segundos ay apelación para el juez superior, pero el error del médico es irremediable, y al punto se lo cubre la tierra, sin que aya quien se lo pida”.

Así que se nos llama doctores porque la sociedad necesita que el médico sea docto, es decir y según el Diccionario de la Real Academia, “que a fuerza de estudios ha adquirido más conocimientos que los comunes u ordinarios”. Por eso, y aunque no es exclusivo de la medicina, en nuestra profesión los estudios nunca finalizan (o no deberían). Ya lo decía el doctor Enrique Fanta Núñez (1925-2019), destacado pediatra chileno especialista en enfermedades infecciosas: “Existen dos tipos de médicos, aquellos que al terminar un ciclo de su formación empiezan a aprender y los que a partir de ese momento empiezan a olvidar”.

Es indudable que la sociedad nos otorga privilegios en tanto profesionales de la medicina. Precisamente por eso y porque está en nuestras manos lo más preciado de los seres humanos, también espera de nosotros una elevadísima calidad moral. Si no en su conjunto, y en esto tampoco la medicina tiene la exclusiva, existen ejemplos de médicos que no están a la altura. El conocimiento público de estos casos ha ido desluciendo el prestigio de nuestra profesión. Lo sabemos nosotros y lo sabe la sociedad. Por eso Pellegrino señala que “la profesión médica está aquejada hoy por una mentalidad de asedio. Sus miembros actúan como los ocupantes de una ciudadela a punto de caer en manos de las fuerzas hostiles. Igual que los ocupantes de una ciudad sitiada, están divididos, desanimados y tentados a desertar”.

Por eso estamos obligados a recuperar el sentido original y más antiguo de la palabra “ética”, que es el de refugio.

Ejerzamos con ética para estar a cubierto de las inclemencias y las tentaciones.

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