El ciudadano atento
PARADOJAS DEL FUTBOL
Dr. Luis Muñoz Fernández
En estos días es imposible no ver, escuchar, hablar, leer y hasta escribir sobre el deporte que en muchos países es casi una religión, una fe paralela, menos para el gobierno del principal anfritión del Campeonato Mundial de Futbol 2026, cuyas aficiones deportivas, si las tiene, andan por otros rumbos y son exclusivamente autóctonas, apenas compartidas por los vecinos inmediatos que tiene bajo su influencia, de los que ignora casi todo, a los que no comprende y, por tanto, no respeta.
Desde luego que no es tan simple ni se reduce a un solo responsable, pero en esta ocasión estamos siendo testigos del poder arrasador del dinero, el dios de ese gobierno, que está logrando cosas tan insólitas como vergonzosas avaladas por el organismo internacional que organiza el certamen, dirigido por quien, según Juan Villoro, es el capo de una organización criminal.
Como sacarse de la manga el Premio de la Paz de la FIFA, cuyo objetivo es “recompensar a las personas que han tomado acciones excepcionales y extraordinarias por la paz y, al hacerlo, haber unido a personas de todo el mundo”, y tener la desfachatez de otorgárselo a quien desde su segunda presidencia ha causado miles, tal vez millones, de muertes y que, según John Carlin, “miente como respira”. Bonito ejemplo para una humanidad cada vez más obtusa, incapaz de reaccionar, carente de mejores asideros morales que los que se le ofrecen a través del ciberespacio.
O como esas “pausas de hidratación”, impropias del único futbol (el otro no es futbol, es otra cosa), impuestas solamente para aumentar todavía más las estratosféricas ganancias del cártel futbolero y las de su ubicuo líder, que a golpes de reactor expande y profundiza su huella de carbono con tal de estar apoltronado, haciendo gala de una omnipresencia casi divina, en los palcos preferentes de los estadios donde se celebran los mejores partidos del campeonato.
Yo que nací en un país futbolero y que durante mi infancia fui testigo de que su selección nacional, en la que menudeaban hombres más bien chaparros, morenos y de pelo negro, nunca ganaba nada, si acaso empataba algún partido con aquellas potencias plagadas de hombres altos, blancos y rubios, celebro que, de alguna manera, esos mismos países antaño imbatibles necesiten ahora de hombres y mujeres de piel más oscura, atezada por el sol que brilla con alegría, a veces inclemente, en sus lugares de origen. Pareciese como si las naciones que colonizaron, también sin comprender ni respetar, a continentes enteros, se vean ahora en la necesidad de volver a echar mano de quienes descienden de aquellos a quienes esclavizaron brutalmente y sin compasión alguna, para que metan los goles necesarios que les permitan pasar a la siguiente ronda y llegar a la final.
Si aceptamos que el deporte por el deporte, es decir, por la simple y maravillosa dicha de jugar como lo hicimos niños, parece haber desaparecido en eso que llamamos futbol profesional, dediquemos una última reflexión a lo que observamos en el llamado “jugador número doce”, es decir, el aficionado, el hincha, y particularmente en su versión radical, cada vez más numerosa, que es el fanático. De él dice Eduardo Galeano en El futbol a sol y sombra (Siglo XXI Editores, 2012):
“El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en esas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua […] Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar”.
Hasta ahora, en este mundial hemos visto poco la versión que describe Galeano, pero para nuestra vergüenza, ha asomado ya la del grito homofóbico y la que deja tras sus excesos celebratorios toneladas de basura que no se molesta en recoger, amnésica como está de entusiasmo desbordado y ciega de alcohol etílico. Como contraste, están los aficionados japoneses, que recogen sus desperdicios sin haber leído nunca el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Carreño.
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