El ciudadano atento
NAVIDAD EN LA FRONTERA
Dr. Luis Muñoz Fernández
A unos días de la Navidad me detengo a pensar en aquellos que no podrán celebrarla a causa de la guerra o la posguerra tras esos acuerdos de paz que, como vemos hoy, es una forma de llamar a la guerra con otras palabras y, si no, que se lo pregunten a los gazatíes. Pienso también en Ucrania, nombre que significa “tierra fronteriza” y me pregunto cómo será la Navidad entre bombas.
Algo hay de literatura bélica en la biblioteca donde escribo estas líneas. Recuerdo ahora a un testigo de bombardeos sobre la población civil con los que se prodigó el general Francisco Franco Bahamonde, hombre de baja estatura y feroces instintos que gobernó España con mano de hierro oxidado (con sabor a sangre) cerca de cuarenta años. Como era gallego como mi abuelo materno, quien compartía con él su segundo y poco común apellido, barrunto que soy pariente del dictador. Uno no escoje a su familia.
El testigo al que me refiero es Manuel Chaves Nogales, un periodista y escritor sevillano de quien María Isabel Cintas, catedrática de Lengua castellana y literatura en el Instituto Bécquer de la misma ciudad andaluza, dice lo siguiente: “Desde el final de la guerra civil española y la condena de Chaves por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, la ceniza del tiempo había caído sobre él y lo había sepultado”. Para fortuna nuestra, en las últimas décadas su persona y obra han salido a la luz. Y es en uno de sus libros más celebrados, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Libros de Asteroide, 2017), donde describe el efecto de las bombas lanzadas por la aviación franquista sobre el Madrid republicano:
“Los milicianos han cortado la calle con sus fusiles, y los curiosos han de contentarse con ver desde lejos los vidrios hechos añicos de balcones y ventanas y los cierres metálicos de las tiendas arrancados de cuajo. Se espera el paso de las ambulancias sanitarias venteando con malsana fruición el olor de la sangre. En el casco de la ciudad las bombas de los aviones hacen carne siempre. Cuando en una camilla llevan a una pobre muy despanzurrada o a un niño que ya no es más que un revoltijo de trapos y sangre, la muchedumbre de curiosos se siente estremecida por el horror. Cuando el que pasa exánime en las parihuelas es un varón adulto, el hecho, por esperado, parece naturalísimo y nadie se siente obligado a conmoverse. La capacidad de emoción, limitada, exige también economías. En la guerra no se administra el sentimiento con la misma largueza que en la paz”.
Hoy volvemos a la guerra como si los recuerdos y lecciones de los horrores del siglo pasado se hubiesen esfumado como se pierde en la atmósfera el humo del cigarrillo conforme se aleja de la boca que lo expele. Una vez más no hemos aprendido y escuchamos atónitos las voces de los líderes inmisericordes justificar la matanza de inocentes e invocar derechos históricos de la posesión de tierras que dicen estar en manos equivocadas de las que hay que arrebatárselas por la fuerza. Retórica mentirosa propagada por los conversadores robóticos que el aspirante a zar utiliza para atemorizar a los líderes europeos en una recreación la fábula de Los tres cerditos.
Mientras, en el Oriente Medio sigue una reedición cruel de la Pax Americana para convertir en magníficas urbanizaciones y resorts el erial en el que han dejado todo aquello las fuerzas israelíes. Sus todavía actuales moradores, que vagan como espectros entre las ruinas, podrán permenecer allí si aceptan las condiciones dacronianas que les serán impuestas o, en el caso contrario, ser expulsados y reubicados en algún país todavía más miserable de África. Una paz a la fuerza que no es más que la guerra por otros medios.
¿Tiene algún sentido la Navidad en esas y otras latitudes en las que el dictado hobbesiano sobre la naturaleza lúpica del ser humano se impone como única forma de “entendimiento” entre los que se llaman a sí mismos, como si de una burla siniestra se tratase, Homo sapiens? Quienes antes de la guerra, sobre todo en Ucrania, disfrutaron de la Navidad, hoy padecen pesares inimaginables bajo la amenaza inminente de perder la vida y sus bienes más preciados. Pese a todo, es casi seguro que algunos se reunirán para consolarse mutuamente en esta fecha señalada. Pensemos en ellos.
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