El ciudadano atento
Vuelve el capitán
Dr. Luis Muñoz Fernández
Catorce años después de su última aparición, vuelve a las librerías la octava entrega de las aventuras del capitán Alatriste, escrita, como todas las anteriores, por Arturo Pérez-Reverte. Para quienes hemos seguido fielmente esta saga, el nuevo volumen, titulado Misión en París (Alfaguara, 2025), es todo un acontecimiento que actualiza una visión del mundo y de la vida que bien puede servirnos en nuestra época actual, tan distinta y a la vez tan parecida a la de aquellos lejanos años.
Aunque algunos dicen que este octavo volumen resulta reiterativo en lo que toca a perfiles psicológicos y ciertas escenas, para mí ha sido la oportunidad de reconectar con ciertos temas cuya exposición en estas novelas me parece casi insuperable. El personaje de Alatriste –alter ego de Pérez-Reverte– ejemplifica el estereotipo del español de humilde cuna que, sin embargo, tiene un fuerte sentido del honor y no consiente que se lo pisoteen por más encumbrado que sea quien lo pretenda.
Diego Alatriste y Tenorio es un soldado de aquellos Tercios españoles, un cuerpo de infantería que fue considerado el mejor ejército del mundo, una máquina militar temida en todos los países de la Europa de aquel entonces. En realidad, Alatriste no ostenta oficialmente el grado de capitán, pero se le llama así por el respeto que se ha ganado con su valentía, habilidad con la espada y larga vida dedicada a guerrear allá donde es requerido o a cumplir misiones diversas como agente al servicio de Felipe IV, rey de España en aquel turbulento siglo XVII.
Se podrá aducir que un personaje de aquel siglo tan lejano no puede aportarnos algo útil, ninguna enseñanza de provecho para nuestra vida actual, pero yo no estaría tan seguro. Primero, porque su creador es un hombre de hoy, lo que hace inevitable que le transfiera ciertos rasgos modernos. Y, en segundo lugar, porque pese a los siglos transcurridos los seres humanos hemos cambiado mucho menos de lo que nos gustaría creer. Las mismas ambiciones y deseos, los mismos temores, los mismos errores de los que no aprendemos casi nada.
Por ejemplo, la veneración y obediencia a las figuras de autoridad, tan arraigada en nuestra sociedad, se parece mucho a la que le profesaba plebe a los nobles, reyes y religiosos de aquella época. Buena parte de la clase política, ciertos dignatarios eclesiásticos y las clases más acomodadas de la actualidad siguen esperando de los ciudadanos comunes la misma sumisión ciega a sus dictados, aunque, como suele suceder, sólo sirven al beneficio personal o de grupo de los que detentan el poder.
Así que el capitán Alatriste, pese a no olvidar su bajo nivel social, no transige con las órdenes que pongan en entredicho su dignidad. En Misión en París discute apenas disimulando su ira con el conde de Guadalmedina, su jefe en esa misión y aliado del muy poderoso y temido Gaspar de Guzmán, mejor conocido como el conde-duque de Olivares, el valido del rey Felipe IV, uno de los personajes históricos que aparecen en esta saga. La discusión va subiendo de tono hasta que Alatriste amenaza de muerte al conde de Guadalmedina que, asustado, cede en sus pretensiones:
“–Vive Dios –exclamó [el conde].
Volvía a encogerse de hombros Alatriste.
–Vive Dios, viva el diablo o quien sea.
–Mide lo que dices pardiez.
–A partir de cierto punto, excelencia, suelo medir en palmos de acero. Yo no tengo sesenta y cuatro escudos de armas en el libro de familia, como vuecelencia; pero considerad que todos somos hombres y cada cual se tiene, títulos aparte, por hijo de su padre”.
Cuestionar a la autoridad establecida, tanto ayer como hoy, es requisito de autonomía y libertad para gestionar la propia vida, sin permitir la intervención de intermediarios que, como en el comercio, sólo están para encarecer el producto y llevar agua a su molino.
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