El ciudadano atento
LOS ESCLAVOS GALLEGOS
Dr. Luis Muñoz Fernández
Pese a que mi abuelo materno era gallego, yo sólo he visitado Galicia en dos ocasiones separadas por más de cincuenta años. El abuelo Luis nació en Sandiás en 1903, una pequeña aldea a 34 km de Ourense, la capital de la provincia del mismo nombre. A los 13 años se embarcó para América y fue a dar a Cuba, donde vivió los siguientes 14 años y en donde nacieron dos de sus tres hijos, entre ellos mi madre. Su padre, Constantino Fernández, mi bisabuelo, había sido uno de los diez mil gallegos que construyeron el Canal de Panamá, así que la querencia americana y, sobre todo, ese impulso de emigrar para ganarse la vida, le venía de familia y lo acabamos adoptando nosotros.
Entre principios y mediados del siglo XIX la esclavitud, motor de la economía colonial y la prosperidad de sus amos, empezó a ser mal vista y surgieron leyes para abolirla. Desde luego que el acatamiento de esos ordenamientos legales fue muy irregular y España siguió con el comercio de esclavos casi hasta el final de ese siglo. Con otros nombres, hoy la esclavitud sigue en pie.
En la transición hacia la abolición completa y ante la rebelión de esclavos que había desembocado en la independencia de Haití (1804), uno de los industriales azucareros más prósperos y que era a la vez diputado en las Cortes Españolas (el actual Congreso de los Diputados) por Ourense, fue Urbano Feijóo de Sotomayor. Urbano Feijóo –nada que ver con el actual diputado y líder del Partido Popular español Alberto Núñez Feijóo, también gallego– planeó sustituir la mano de obra esclava en sus ingenios azucareros por la de sus propios paisanos.
Para ello fundó la Compañía Patriótica Mercantil que a partir de 1853, en ocho travesías sucesivas, llevó a Cuba a más de mil setecientos jóvenes gallegos con la falsa promesa de un trabajo que les permitiría salir de la pobreza en la que se hallaban sumidos. Por aquellos años Galicia, primordialmente rural, atravesaba una situación económica muy grave debido a las continuas lluvias que habían arruinado las cosechas. En ese contexto de gran miseria, brotaron las epidemias que, junto con el hambre, diezmaban y aterrorizaban a sus pobladores. Así que la oferta del astuto Feijóo, aderezada con falsos relatos de fortuna y abundancia, era prácticamente irresistible.
La realidad fue muy distinta. Una vez que llegaban a la Habana, a los jóvenes se les entregaba ropa y calzado nuevos y, tras unos días de aclimatación, eran enviados en ferrocarril a las diferentes plantaciones azucareras. Alli comenzaba el infierno con jornadas de trabajo cercanas a las dieciocho horas, con cuatro horas para dormir y los breves descansos para comer. Eran confinados bajo llave en los barracones de los antiguos esclavos negros y tratados como tales, a punta de latigazos y, si osaban rebelarse, se les castigaba con el cepo y la prisión. Unos trescientos murieron en los primeros meses a causa de las infecciones a las que no eran inmunes y las durísimas condiciones de una vida de trabajo brutal cortando caña de azúcar en plantaciones cuya extensión parecía infinita.
Se sucedieron varias rebeliones. Algunos de aquellos jóvenes gallegos lograron alertar por carta a sus parientes en España. De sus familiares, el asunto pasó al dominio público y forzó la intervención de las autoridades. En 1855 Ramón de la Sagra, otro diputado gallego, llevó aquellas denuncias a las Cortes en las que se dictaminó a favor de los esclavos, ordenando que fueran liberados. Muchos se quedaron a trabajar en Cuba con sueldos muy superiores a la miseria que les pagaba Urbano Feijóo. Como suele ocurrir en casos como este, a Feijóo no se le exigieron responsalibilides y pudo conservar no solamente su curul, sino su inmensa fortuna. Ayer como hoy, la justicia rara vez toca a los poderosos. No nos extrañemos tampoco que el fuero proteja a los políticos venales.
Me enteré de esta historia real por casualidad, como ocurrió con la de los diez mil gallegos que construyeron el Canal de Panamá. En esta ocasión, fue leyendo una novela que relata esos terribles abusos, escrita por la coruñesa Bibiana Candia. Se trata de Azucre (Pepitas de calabaza, 2021). Por eso dedico lo que acabo de escribir a mi abuelo gallego Luis que aprendió su oficio de mecánico en un ingenio azucarero de aquella Cuba explotada por los estadounidenses. Él no fue esclavo, pero nunca le guardó simpatía a sus patrones gringos. Por eso murió sin probar la Coca-Cola.
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