El ciudadano atento
El peligro de pensar
Dr. Luis Muñoz Fernández
Vivimos en una sociedad anestesiada, distraída, absorta, embobada e hipnotizada. Es la opinión cada vez más frecuente de varios reconocidos pensadores. Por ejemplo, el filósofo Jordi Pigem quien, en la primeras líneas de Conciencia o colapso (Fragmenta Editorial 2024), afirma:
«El mundo está under a spell, bajo un hechizo, que se va extendiendo e intensificando. Manipular la opinión pública para obtener objetivos inconfesables se ha convertido en una estrategia habitual del poder. Orwell ya lo vio venir: en 1984 escribe que “el poder consiste en romper en pedazos las mentes humanas y volverlas a ensamblar en nuevas formas que tú eliges”… La forma de colapso que más inmediatamente nos amenaza es también la más íntima: el colapso de lo que nos hace humanos, el colapso de nuestra capacidad de entender, el colapso cognitivo».
Hace algunas décadas esta afirmación hubiera sonado exagerada. Hoy, a la luz de los acontecimientos de los que somos testigos todos los días, no lo parece tanto.
La desinformación con el propósito de la manipular la opinión pública no es cosa nueva, pero sí lo es su presencia global, envolvente, su capacidad de convencimiento y el disfraz de inocencia y bondad que la hace irresistible y deseable para grandes capas de la sociedad contemporánea. Es muy difícil resitirse a ella cuando resulta obvio que su principal vehículo –la tecnología informática– nos brinda la oportunidad de aliviarnos de algunas de las cargas más onerosas de la vida.
De ahí que muchos opten por hacer oídos sordos a las señales de alarma y prefieran seguir la corriente de la mayoría sin cuestionar nada. Es mucho más cómodo. Además, el conformismo no sólo goza de una amplia aceptación social, sino que premia con reconocimiento y oportunidades a quien lo adopta. Pensar por cuenta propia se considera una actividad subversiva. Reflexionar es peligroso.
En medio de esta neblina que desdibuja la realidad y vuelve borrosa su percepción, es muy difícil mantener la independencia de juicio. La cantidad de esfuerzo necesaria para lograrlo se incrementa cada día que pasa. La reflexión serena que deriva de la lectura minuciosa de los acontecimientos es el camino, pero en su contra atenta la prisa y el ansia de inmediatez en la que hoy vivimos. La prudencia no pasa por su mejor momento y se considera una forma de cobardía.
Ante la avalancha de información, que no es sinónimo de conocimiento ni mucho menos garantía de sabiduría, es indispensable desarrollar el arte de leer entre líneas. Como todo instrumento nuevo, al principio cuesta emplearlo, pero con el tiempo se llega a convertir en un acto reflejo. Cuando lo incorporamos a nuestra forma de ver el mundo, ya nada es igual. Se adquiere una percepción distinta que gana en profundidad pero, al hacernos conscientes de las mentiras disfrazadas de verdades –la posverdad, los hechos alternativos o “los otros datos”–, nos angustiamos y molestamos. Puede incluso que esta forma de ver llegue a alterar nuestro carácter para hacernos vivir en una indignación permanente difícil de sobrellevar, pero es el precio que debemos pagar por la lucidez.
Intentaré poner un ejemplo. Cuando meses atrás los medios de comunicación dieron a conocer el tráfico ilícito de combustibles trasladados en buques y ferrocarriles cisterna, la lectura simple de la noticia hacía pensar en un escándalo de corrupción más que se sumaba a los muchos que salpican la vida pública de nuestro país. Por el contrario, la lectura entre líneas indica que este desfalco es de una magnitud difícilmente calculable, tal vez uno de los mayores de nuestra ya dilatada historia de saqueos de los bienes públicos, organizado por una red delictiva que muy probablemente involucre a autoridades de las más altas esferas. Sólo así se puede operar con tal impunidad durante tanto tiempo.
En este mundo en el que nada es lo que parece y en el que la apariencia es de una fidelidad tal que cuesta mucho distinguirla de la realidad, la duda sistemática es indispensable para evitar el engaño. Desconfío de quienes no tienen dudas. De los que nos prometen un paraíso alternativo –un metaverso– que nos librará de las imperfecciones de este mundo, especialmente de los fallos inherentes a nuestra condición humana y de los límites de nuestra restringida y caduca inteligencia.
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