El ciudadano atento 

Nada es más asombroso

Dr. Luis Muñoz Fernández 

Antígona, la famosa tragedia de Sófocles, fue estrenada en Atenas por allá del año 441 antes de Cristo. Pronto se convirtió en la favorita de los atenienses y su influencia se extendió más allá de su época para llegar hasta nuestros días. Particularmente citados son los párrafos en los que el coro de los ancianos, la voz del pueblo, se refiere al asombro que despierta el ser humano: “Nada es más asombroso que el hombre”.

Como lo explica Francisco Pérez Ruiz, profesor emérito de la Universiad de Sofía en Tokio, “en tres estrofas de bella poesía hace desfilar ante nosotros las diversas conquistas del hombre. Primero lo vemos dominar el mundo inanimado. Después, apoderarse de los animales que lo pueblan y ponerlos a su servicio. Finalmente, lanzarse por el mundo del espíritu aprendiendo la palabra, el pensamiento, las costumbres civilizadas y remedios contra las enfermedades, pero sin poder hacer nada contra la muerte”.

Lo que dijo Sófocles hace casi dos mil quinientos años sigue siendo vigente en este momento: el ser humano, con sus grandes avances científicos y tecnológicos, es portentoso y, a la vez, su debilidad lo lleva a cometer errores de los que no aprende y su fragilidad lo expone, muchas veces sin justificación ni necesidad, al poder omnímodo de la muerte. La difícil decisión entre seguir a la razón o dejarse arrastrar por los instintos define la tragedia de la condición humana. La dolorosa conciencia de este dilema es tal vez lo que más distingue al ser humano del resto de los seres vivos. Pocas veces ha sido expresado mejor que con estos versos de Rubén Darío:

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus tiernos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adónde vamos,
¡ni de dónde venimos!”

Platón exponía este dilema equiparando el alma humana a un carro alado arrastrado por dos caballos, uno blanco y otro negro. El blanco representa los impulsos espirituales y morales, y el negro los apetitos carnales y terrenales. La razón es el auriga, el conductor del carro, que debe guiar a los dos caballos equilibrando sabiamente sus fuerzas, sin reprimir ni prescindir de ninguna de las dos. De eso depende el ascenso al Absoluto, de un equilibrio entre ambas facetas de la condición humana. Sólo quien penetra profundamente en su interior puede lograrlo: “Conócete a ti mismo”.

Dedicamos la mayor parte de nuestras vidas a estudiar y conocer lo que está afuera de nosotros. Ignoramos que lo más importante es conocernos a nosotros mismos. Por eso Miguel de Unamuno, en su breve ensayo ¡Adentro!, nos insta a penetrar en nuestro interior: “Avanza en las honduras de tu espíritu y descubrirás cada día nuevos horizontes, tierras vírgenes, ríos de inmaculada pureza, cielos antes nunca vistos, nuevas constelaciones. Tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti, ¡Adentro!”. También lo decía San Agustín: “En el interior del hombre habita la verdad”.

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