El ciudadano atento
MANUMITIR
Dr. Luis Muñoz Fernández
El diccionario dice que manumitir es dar la libertad a un esclavo. Y eso es lo que hace la buena educación pública cuando opera en las mentes y los corazones de los niños que aprenden en la escuela a leer y a escribir. La educación adecuada en el mejor elevador social y es justamente por eso que siempre está amenazada, no vaya a ser que los esclavos se salgan de la cuerda a la que interesa que sigan atados. El poder ve una amenaza en los ciudadanos que leen y tienen juicio propio.
Casi nadie habla hoy del valor de la educación básica porque parece que hemos olvidado ese acto fundacional de nuestro ser que es aprender a leer y escribir. Momento clave en el que padres y maestros nos introducen en un mundo en el que todo cobra significados nuevos y antiguos, aquellos que nos legaron todas las generaciones que nos precedieron. Agua lustral que nos ofrece los medios para realizarnos y que tal vez nos permitan imprimir una pequeña huella en el largo y polvoriento sendero de la humanidad. Nada más importante en una sociedad que poner al alcance de los niños los mejores frutos del espíritu humano.
Pienso en todo esto dos semanas después del Día del Maestro. Hoy su figura ha sido desplazada, como tantas otras esencias –“aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas”–, por nuestra obsesión de reemplazar lo humano con las tecnologías a las que hemos otorgado el poder de definir la verdad. Decido leer Historia de una maestra, de Josefina R. Aldecoa (Anagrama, 1990), una ventana a la España de principios del siglo XX, cuando surgió una corriente de largo aliento para sacar del atraso secular a aquel país –caldo de cultivo en el que medraban terratenientes, curas y militares– e integrarlo plenamente a la modernidad europea. Y, como es lógico, la palanca para lograrlo era la educación laica, impulsada por ese milagro fugaz que fue la Institución Libre de Enseñanza (1876-1939).
La novela relata la vida de Gabriela que, recién graduada como maestra, fue enviada a varios pueblos remotos y míseros, aceptó una plaza en la Guinea Ecuatorial que era entonces colonia española, para terminar en un pueblo minero de la provincia de León, cercano a Galicia y Asturias. En ese escenario se desarrollaron las tensiones sociales, políticas y religiosas que caracterizaron a aquel período que concluiría con la revolución minera asturiana de 1934, sofocada sangrientamemte por el ejército. Amadeo, el carpintero que encarna a los pobres con ideas propias, le dijo a Gabriela:
“Digo yo, señora maestra, que si todos supiéramos más de libros y menos de tabernas, nos engañarían menos y seríamos más felices”.
Llegó el momento de poner en práctica las nuevas políticas educativas de la Segunda República española. Las escuelas públicas, bajo la influencia de la Iglesia católica, debían retirar todos los símbolos religiosos, incluyendo los crucifijos de sus paredes. Ezequiel, maestro y esposo de Gabriela, explicó las razones de la medida a la que se oponía la Iglesia, algunas autoridades civiles y el pueblo sumido en la ignorancia y la superstición:
“Tienen que comprender que la moral es otra cosa; está por encima de las religiones. La moral es el resultado de aceptar la verdad y la justicia en todas partes del mundo. Porque la verdad y la justicia no tienen fronteras”.
Al poco tiempo llegarían las Misiones Pedagógicas, en las que artistas e intelectuales visitaban los pueblos, ofrecían charlas y espectáculos y donaban libros para crear las bibliotecas públicas en aquellos apartados lugares:
“…Cuando todo español, no sólo sepa leer, que ya es bastante, sino tenga ansias de leer, de gozar y divertirse, sí, de divertirse leyendo, habrá una nueva España”.
Como sabemos ahora, aquella noble inciativa tuvo un corto recorrido porque al estallar la Guerra civil fue cortada de tajo y sus protagonistas fusilados. Los que pudieron, huyeron al exilio. Algunos de aquellos afortunados siguieron manumitiendo niños en una tierra de promisión: México.
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