Programa Universitario de Investigación sobre Riesgos Epidemiológicos y Emergentes

 

El ciudadano atento 

CONEJILLO DE INDIAS

Dr. Luis Muñoz Fernández 

El consentimiento informado es un proceso dinámico en el que cuando un médico atiende a un paciente le explica con la mayor claridad posible lo que se propone hacer con él para diagnosticar y tratar su enfermedad, incluyendo los riesgos que estos procedimientos entrañan y si existen otras alternativas diagnósticas y terapéuticas. Una vez que el médico se asegura de que el paciente lo ha comprendido bien, le solicita su autorización por escrito bajo el entendido de que si en algún momento no desea la atención que se le está brindando, puede negarse a recibirla sin consecuencias negativas.

El consentimiento informado también es un requisito obligatorio cuando un investigador clínico pretende reclutar seres humanos para estudiar una enfermedad o probar un nuevo tratamiento. Sin embargo, no siempre fue así. Todos conocemos los terribles experimentos que los científicos y médicos realizaron con los prisioneros de los campos de concentración durante la Alemania nazi.

Sin embargo, poco se dice que no fueron ellos los que llevaron a cabo por primera vez estos experimentos en seres humanos, ni que se inspiraron en los realizados por el gobierno, los científicos y los médicos de los Estados Unidos desde principios del siglo XX hasta incluso la década de los setenta del siglo pasado. He aquí tres ejemplos de estos nefastos experimentos:

El primer ejemplo: el estudio Tuskegee, Alabama, sobre la sífilis, que se llevó a cabo durante cuarenta años (1934-1974). En él participaron voluntariamente 399 sifilíticos de raza negra y 201 sujetos negros sanos para compararlos con los enfermos. Al final de estudio, sobrevivieron 74 sifilíticos, 28 murieron por la enfermedad, 100 pacientes fallecieron a causa de las complicaciones de la sífilis, 40 viudas se contagiaron de sus esposos y 19 niños nacieron con sífilis congénita que adquirieron mientras eran gestados por sus madres infectadas. Pese a que en cierto momento del estudio se contó con un tratamiento eficaz, las autoridades del Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos y su Clínica de Enfermedades Venéreas decidieron que a los pacientes sólo se les observaría para averiguar los estragos de la enfermedad y no se les administraría ningún tratamiento.

El segundo ejemplo: el doctor Cutler inició en febrero de 1947 la primera fase de un estudio sobre enfermedades venéreas en Guatemala, introduciendo en la vagina de varias prostitutas un aplicador con algodón embebido en pus que contenía las bacterias de la gonorrea. Para ello no parece haber contado con el consentimiento expreso de aquellas mujeres. Todas quedaron infectadas y desarrollaron la enfermedad. Luego las hizo tener relaciones sexuales. Primero con algunos reclusos, pero ante la creciente negativa de los presos por el temor a debilitarse cada vez que se les extraía sangre para los análisis, decidió recurrir a los soldados del ejército guatemalteco, a quienes tampoco informó que formaban parte de aquel experimento. Una prostituta llegaba a tener relaciones sexuales hasta con ocho soldados en poco más de una hora. Ante la baja tasa de éxito en la transmisión de la enfermedad con el uso de prostitutas, Cutler decidió inocular la pus introduciéndola artificialmente en la porción más profunda de la uretra de los soldados. Fue así como logró infectarlos.

El tercer ejemplo: entre 1941 y 1972, investigadores biomédicos norteamericanos infectaron deliberadamente a más de 3 mil personas con los virus de la hepatitis para estudiar sus características y poder así desarrollar las correspondientes vacunas. La mayoría de los sujetos reclutados fueron hombres adultos. También se incluyó a 800 niños. Es tristemente célebre el caso de la Escuela de Willowbrook, Nueva York, donde a niños discapacitados les fue administrado el virus A de la hepatitis dándoles a ingerir un preparado derivado de la materia fecal de sujetos con infección comprobada y a otros les fue inyectado el virus B de la hepatitis (posiblemente también el virus C). Luego se estudiaba en ellos el efecto terapéutico de la gamma globulina. El resultado de todos estos estudios es que la mayoría contrajeron hepatitis, algunos murieron de hepatitis fulminante y otros se convirtieron en portadores crónicos del virus. Algunos desarrollaron cirrosis o cáncer hepático.

Estos solamente son algunos ejemplos. Seguro que hay muchos más en todo el mundo.

Comentarios a : cartujo81@gmail.com

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