Programa Universitario de Investigación sobre Riesgos Epidemiológicos y Emergentes

 

El ciudadano atento 

PROTEGER A LA MUJER

(tercera parte)

Dr. Luis Muñoz Fernández 

El Patronato de Protección a la Mujer no sólo tenía como base el nacionalcatolicismo, la ideología oficial de la dictadura franquista (1939-1975), “caracterizada por la estrecha alianza entre el Estado y la Iglesia católica”, sino que su filosofía también estaba fuertemente respaldada por la medicina y la psiquiatría españolas de aquella época y su principal adalid, el militar y psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera Lobón (1889-1960), conocido como “el Mengele español”, muy bien descrito en la novela de Almundena Grandes La madre de Frankenstein (Tusquets, 2020):

«… el ideólogo de la eugenesia fascista española, creador de la teoría de que el marxismo era un gen perverso [el “gen rojo”], intrínsecamente asociado con la inferioridad mental, que debía extirparse a toda costa, fusilando a sus portadores y arrebatándoles a sus hijos recién nacidos para entregarlos a familias intachables, que sabrían neutralizar su pésima herencia genética a través de la adecuada educación religiosa y patriótica [la enseñanza laica producía degenerados]…».

Vallejo-Nájera, junto a Juan José López Ibor –este último aplicaba electrochoques y practicaba lobotomías a los homosexuales para “curarlos”– fueron los psiquiatras más distinguidos del franquismo. Respecto a las mujeres, el primero afirmaba:

“A la mujer se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla Kerguelen, ya que su misión en el mundo no es la de luchar en la vida, sino acunar la descendencia de quien tiene que luchar por ella”.

“En las mujeres tiene insignificante importancia el impulso interno [la mujer carece de deseo sexual], siendo fácil a la mujer permanecer virgen de cuerpo y de espíritu durante mucho tiempo, si las influencias externas no quebrantan la virginidad […] es el amor lo que la impulsa en más del sesenta por ciento de los casos a entregarse al hombre, experimentando casi siempre repugnancia por la entrega y sin sentir necesidad alguna de satisfacer su apetito genésico”.

Una de las facetas más siniestras del Patronato fue la que llevaban a cabo los centros maternales o residencias para gestantes. “En una sociedad donde la virginidad se consideraba el mayor valor de una joven, la noticia de una gestación fuera del matrimonio desencadenaba un auténtico escándalo social… Fue en estos centros donde se produjeron algunas de las situaciones más graves asociadas al Patronato de Protección a la Mujer. Entre ellas, destaca la práctica sistemática de entrega de bebés en adopción sin garantías suficientes para las madres”. Con frecuencia se las engañaba tras dar a luz diciéndoles que el bebé había nacido muerto para así disponer de él. En otras ocasiones, los bebés les eran arrebatados a sus madres a la fuerza y entregados en adopción a “familias adecuadas” (familias franquistas).

Estos hechos no fueron exclusivos del Patronato. “El robo de recién nacidos se desarrolló a través de múltiples elementos institucionales y sociales que funcionaron de forma continuada desde la guerra civil hasta la década de los noventa. Maternidades, hospitales y clínicas privadas fueron los escenarios principales de este proceso, mientras los registros civiles jugaron un papel crucial en la legalización del delito al permitir la inscripción fraudulenta de los recién nacidos como hijos biológicos de otras familias. Esta arquitectura de la desaparición, sostenida por médicos, religiosas y funcionarios, garantizó la eficacia del robo y también su ocultamiento durante décadas bajo una apariencia de legalidad”.

Algo similar ocurrió en otros países: las Magadalene Laundries (Lavanderías de la Magdalena) y las Mother and Baby Homes (Residencias para Mamás y Bebés) regentadas por religiosas católicas en Irlanda y otras parecidas en Bélgica, o los manicomios italianos de Mussolini avalados por una ciencia médica de ideología fascista. Salvo en 2023, cuando la Iglesia católica belga pidió perdón, ninguna orden de religiosas se ha disculpado jamás. El Estado Irlandés pidió perdón públicamente en 2013. Largo es todavía el camino hacia la dignificación plena de la mujer.

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