El ciudadano atento
Una ciencia previsora y desprendida
Dr. Luis Muñoz Fernández
En España se toman muy en serio las vacaciones de verano y durante el mes de agosto cesan muchas actividades, incluyendo las publicaciones de los columnistas a los que sigo con fidelidad a lo largo del año. El retorno a las actividades habituales, que algunos llaman rentrée en alusión al regreso de los alumnos a las escuelas en septiembre, me permitió el reencuentro con los siempre interesantes textos sabatinos de Antonio Muñoz Molina en El País.
El de esta ocasión, titulado Voces de agosto, alude a personas que en su momento nos alertaron sobre problemas de los que no sólo fueron testigos tempranos, sino que además acertaron al predecir que en el futuro esos problemas aumentarían hasta volverse desafíos para la supervivencia de la especie humana. Escribe Muñoz Molina:
“Hay que estar alerta por si uno se cruza con alguno de los justos; hay que poner el oído para distinguir sus voces entre el griterío y el ruido. En los atardeceres por fin respirables del agosto tardío, me ha sustentado una voz que dejó de escucharse en alto hace ya más de 60 años, la de Rachel Carson, pero que ha perdurado y se ha ido haciendo más urgente con el paso del tiempo”.
Entre 2019 y 2020 escribí en este espacio sobre ella en tres ocasiones, como también ya lo había hecho antes Muñoz Molina. La nueva mención del escritor español me llevó a continuar la lectura interrumpida (suceso harto común en mi caso) de su obra principal, Primavera silenciosa (1962), en la que Carson describe el efecto devastador que tiene para la vida silvestre y humana el abuso de los pesticidas como el DDT.
La prosa de Carson no sólo es clara y se sustenta en una minuciosa recopilación de pruebas fruto de la investigación de diversos expertos, sino que me traslada a mi infancia y juventud, haciéndome recordar el rico uso del lenguaje de un naturalista que fue el primer héroe científico de mi vida: Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), cuyos maravillosos programas televisivos fomentaron mi afición a la biología que, con el paso del tiempo, se transformaría en la dedicación profesional a la anatomía patológica, tal vez la rama más biológica de la medicina.
Rachel Carson (1907-1964) fue parte de una generación de biólogos que, lejos de confinarse en un laboratorio, hicieron sus observaciones en el mundo real, en la naturaleza toda, actividad que hoy es tal vez menos común por el avance de otras formas de hacer ciencia en las que se exploran los niveles más profundos de la organización de la materia viviente bajo las condiciones controladas del laboratorio.
La visión más amplia, menos reduccionista, de aquellos biólogos les permitió entender con claridad la red multidireccional y frágil que une a todos los seres vivos, animales, vegetales y microbianos, interacción influida por el sustrato físico y químico del tapiz planetario: tierra, agua y atmósfera, cuya composición cambiante modula la variada expresión de la vida en la Tierra.
Biólogos como el más reciente Edward O. Wilson (1929-2021), paladín de la biodiversidad y estudioso de las hormigas, quien en 1974 publicó un artículo en la revista Harvard Magazine titulado La conservación de la vida, en el que afirmaba:
“En un mundo con una fe en retroceso y sonidos de trompeta inciertos, muy pocos preceptos morales se toman ya por absolutos. Sin embargo, podemos tener la esperanza de que uno de ellos será la ética de la diversidad biológica, que se refiere a lo siguiente: el ser humano debe conducirse de tal manera que incida lo menos posible en la tasa de extinción de las especies. Siempre que pueda, sin amenazar seriamente su propio bienestar, debe reducir activamente esa tasa, aumentando así el número de especies que puedan sobrevivir con equilibrio en el mundo”.
Estos científicos, como otros más, se anticiparon décadas a las amenazas de las irresponsables acciones humanas que ahora padecemos y cultivaron una ciencia más generosa que todavía no estaba tan atada al infatigable impulso (Hans Jonas dixit) de los intereses económicos que hoy la espolean.
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