El ciudadano atento
PARA QUE NO TE RINDAS
Dr. Luis Muñoz Fernández
Como introducción, un breve relato basado más o menos en hechos reales:
«Fue llamativa la cara de extrañeza de varios conocidos de la pareja cuando les dijeron que su retoño había decidido estudiar una carrera humanística en la universidad de la que ellos, sus padres, habían egresado. Gestos de estupor y no pocas miradas de conmiseración. ¿De qué pretendía vivir con esa carrera? La reacción era lógica ya que hoy, cuando la barbarie tecnológica y financiera dominan el panorama universitario, optar por una carrera humanística sin ser rico es un suicidio.
Con el paso del tiempo, tras una estancia en Europa, un máster en otro país del mismo continente y un doctorado en México, el vástago ocupó, como muchos de los docentes en la universidad donde había cursado su licenciatura, la modesta posición de profesor de asignatura, sin estabilidad laboral en la que fincar su incipente vida laboral. No era suficiente contar con una preparación académica tan sólida, pertinente y prometedora. Era evidente que siempre habían existido otros factores con mayor peso en la asignación de las plazas docentes». Fin del relato.
Del reciente y espléndido libro de Rodolfo Vázquez Educar para pensar. Del Emilio a la era digital (Editorial Trotta, 2025), transcribo lo que significaba la cultura para el filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955): “el sistema de ideas sobre el mundo y la humanidad correspondiente a cada tiempo”. Y en esa misma línea de pensamiento, para Ortega la misión educativa de la universidad debería ser: “enseñar a vivir a la altura de los tiempos, y muy especialmente, a la altura de las ideas del tiempo”.
Pese a que las palabras de Ortega y Gasset datan de 1930, no sólo son vigentes sino que son urgentes. Parece que pocas universidades en la actualidad podrían estar a la altura de la misión que les asignaba el filósofo español. Muchas se han convertido en factorías para la fabricación de especialistas a quienes se les dota de un pensamiento homogéneo, indiferenciado (como antónimo de original), y se les prepara para ocupar las plazas laborales de las florecientes industrias y prósperas instituciones financieras de nuestro tiempo. Seres humanos con una visión tubular y monocromática de la realidad plural y polícroma de nuestros días. Invidentes inconscientes de su propia ceguera.
Citando a Ortega, Rodolfo Vázquez nos dice que «el hombre de ciencia moderno ha perdido el carácter unificador del conocimiento y, “para progresar”, ha tenido que especializarse»:
«No es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es un “hombre de ciencia” y conoce muy bien su porciúncula de universo».
Los peligros que hoy alienan a la universidad, a esa relación fértil en lo social y mutuamente enriquecedora entre los profesores y los alumnos, provienen de dos dictaduras íntimamente unidas: la burocrático-administrativa y la económica. Sobre aquella ya escribí una vez en este espacio (https://www.heraldo.mx/universidad-inc/). Sobre esta, Nuccio Ordine señala a los estudiantes-clientes, las universidades-empresas, los profesores-burócratas y los rectores cuyo cometido “parece ser sobre todo el de producir diplomados y graduados que puedan insertarse en el mundo mercantil”. Directores y rectores que, “desposeídos de sus habituales vestimentas de docentes y forzados a ponerse las de gestores, se ven en la obligación de cuadrar las cuentas con el fin de hacer competitivas las empresas que dirigen”. Una penosa realidad que disfraza la educación con el entrenamiento.
¿Y qué le sucedió al joven profesor del relato con el que abrimos estas líneas? Pues que a despecho de no contar con la estabilidad laboral idónea para desarrollar su carrera, decidió ser fiel al ideal orteguiano de la misión universitaria y lo hizo suyo pese a tener todo en contra. “Al mal tiempo, buena cara”, se dijo, y se propuso imprimir una diferencia en la labor docente que otros en su lugar habían convertido en un rutinario transmitir información sabida. No dejó de preparar con esmero sus clases, diseñó nuevas asignaturas que siempre había soñado enseñar y convenció a otros para que aportasen sus experiencias y enriqueciesen los valiosos encuentros en el aula. Ojalá no se rinda jamás.
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