El ciudadano atento
DE REPENTE
Dr. Luis Muñoz Fernández
Hoy domingo 30 de agosto de 2026 se cumple un año de la muerte de Arnoldo Kraus, médico, escritor, propulsor de la bioética laica, cofundador del Colegio de Bioética y profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM. En esta semana que termina apareció en las librerías de Aguascalientes Cuarto 412. Un testimonio (Debate, agosto 2026), su último libro, que escribió en el breve lapso de menos de un año desde que supo de su enfermedad hasta que falleció. Todo ocurrió de repente.
La portada del libro muestra un atardecer cuyos únicos testigos son un estetoscopio que reposa sobre un cuaderno y, a su lado, un lápiz que por su longitud debe haber plasmado en ese cuaderno los muchos pensamientos y experiencias de su dueño. Arnoldo sentía una fascinación por los lápices: “Los lápices guardan vestigios: de uno, de otro, del vacío, de la ausencia, de la mezcla de los tiempos y de todos los unos convertidos en otros. Los lápices que se achican conforme se desgasta el prisma de madera son portavoces de las palabras nunca escritas y de los legados de las huellas”, nos dice en Apología del lápiz (Conaculta, 2011). Su prisma de carne y huesos se achicó de repente.
Es una gran fortuna que ahora todos podamos leer lo que pasó por su cabeza y, sobre todo, por su corazón en aquellos escasos ocho meses que le llevó a la enfermedad terminar con su vida:
«La vida cambia en un santiamén. En un suspiro dejas de ser quien eras. Así me sucedió a mí. De repente me enteré, vía amigos radiólogos, de mi mal. Inmortal me creía. La vida fluía y yo fluía con ella: agradecía, no en el sentido religioso, lo que me había dado. Mi lema en casa, con mi esposa y mis hijos cuando pequeños, reflejaba mi visión del mundo sobre todo cuando lo comparaba con las crudas realidades: “Prohibido quejarse”, decía. Ahora debo hacer mías esas palabras».
Para quien no haya tenido la oportunidad de leer con anterioridad los artículos periodísticos y los libros de Arnoldo Kraus, Cuarto 412. Un testimonio es un buen resumen, un haz compacto de los temas y preocupaciones que ocuparon sus días lanzado más allá de su muerte. Un legado, un compromiso con la defensa de la verdad que nos entrega a todos nosotros, no sólo a sus compañeros en el Colegio de Bioética, sino a las generaciones futuras. Un aviso para que los jóvenes médicos de hoy tengan con qué comparar y ver qué es lo que están perdiendo con lo que creen que están ganando:
“Antes del periplo canceroso, mi última estancia hospitalaria fue 40 años atrás. Me quitaron la vesícula. Estuve dos días internado. Ocurrió durante una huelga médica, Yo era parte de los dirigentes. Me operaron con éxito y entrega a pesar de mis diferendos con la directiva del nosocomio. Entre esa cirugía y la de hoy, sin obviar mi edad, el mundo de los hospitales ha cambiado. ¿Para bien?, ¿para mal? Sobran respuestas, sobran preguntas… ¿La mía? Para mal: prevalece y aplasta la magia de la tecnología médica sobre el ser humano del médico: tiempo enjuto, rápido, sin manos sobre el cuerpo del enfermo…”.
Arnoldo menciona en varias partes del libro la importancia de que el médico conozca al enfermo como persona, como ser humano, no sólo sus constantes vitales, sus signos, síntomas y lo que revelan los exámenes de laboratorio y gabinete. Que lo explore con detenimiento, que lo toque y que converse con él sin prisas para conocer sus pensamientos, inquietudes, incertidumbres y miedos. Kraus consciente de que todo ello es muy difícil, sobre todo en la medicina pública, pero se niega a renunciar a lo que hace de la medicina, además de una ciencia, un arte al servicio del que sufre.
Nos dice una y otra vez que la enfermedad es maestra del paciente y del médico: “Me repito: la enfermedad es maestra… El enfermo – me repito– es, entre la facutad, los libros y la universidad, el maestro… La enfermedad no necesariamente es oscuridad. En ocasiones deviene en luz … Admiro a mis pacientes resilientes [que saben adaptarse]. Algunos renacen al sanar y otros modifican porciones de su ser cuando vencen a la enfermedad. Estas personas emanan luz y contagian esperanzas: se convierten en maestros… Escucharlos es gratificante. Enseñan”.
Pese a su muerte, Arnoldo sigue irradiando una luz que vence al sol mortecino del ocaso.
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