El ciudadano atento
Una ciencia previsora y desprendida
Dr. Luis Muñoz Fernández
Son varias las razones por las que los médicos escuchan cada vez menos a sus pacientes. Durante la consulta, incluso en la práctica privada, no es raro que el médico evite mirar directamente al paciente, hacer contacto visual sostenido con él, que prefiera concentrar su atención en la pantalla de la computadora. En ocasiones, el médico llega a cortar el hilo del relato que se le está contando para pasar cuanto antes al momento que ansía con mal disimulada impaciencia: la exploración física, que es lo mismo que la búsqueda de datos duros, esos que hoy reinan sobre todo lo demás en la búsqueda del conocimiento. En pocas palabras, hoy en el encuentro clínico, que algunos consideran en vías de extinción, la escucha y la conversación están pasando a un segundo plano.
Desde luego no siempre fue así, especialmente antes del siglo XIX, cuando la correlación entre las manifestaciones clínicas y los hallazgos de la autopisa determinaron la superioridad de la exploración física, tal como lo refiere Michel Foucault en El nacimiento de la clínica, cuya primera edición data de 1963. La historiadora de las ideas Karin Johannisson señala en su obra Los signos. El médico y el arte de la lectura del cuerpo (Editorial Melusina, 2006) que especialmente durante los siglos XVII y XVIII el médico determinaba la naturaleza de una enfermedad basándose en tres técnicas principales: escuchar el relato del paciente, observar (sin tocar) los signos en el exterior del cuerpo, y examinar los fluidos corporales:
“Rara vez se tocaba al paciente con las manos. El tocar estaba limitado y estrictamente reglamentado. Las partes del cuerpo ocultas por la ropa o por las sábanas permanecían cubiertas. […] En la escena típica de la visita médica, la consulta en el hogar, el diagnóstico se formaba a través del diálogo y de la facultad de compenetración. La consulta era un acto médico no menos que un trabajo en común de comprensión mutua”.
La muerte de Arnoldo Kraus el pasado 30 de agosto de 2025 representa un paso más hacia la extinción de lo que Johannisson consideraba una forma de entender al enfermo y su enfermedad que empezó a menguar a partir del siglo XIX. Ya nos lo recordaba recientemente Gustavo Ortiz en su texto-homenaje dedicado a Arnoldo Kraus con motivo de su fallecimiento:
“Para Kraus, esta idea de Foucault [el cuerpo del paciente como un catálogo de signos] era sugerente porque coincidía con su preocupación constante por recuperar al paciente como sujeto, no sólo como un caso clínico. Él advertía que el exceso de tecnificación y la rutina hospitalaria tienden a reproducir esa misma separación: el médico se concentra en la lesión, en los estudios de laboratorio, en los protocolos, pero corre el riesgo de olvidar la dimensión humana, ética y narrativa del enfermo. Sobre todo, se olvida de escuchar al paciente antes de ver los resultados del laboratorio”.
Arnoldo Kraus daba cauce a esa preocupación en su propia práctica profesional, tal como lo señalan numerosos pacientes, colegas y amigos que han escrito sobre él en estos días, y también lo hacía a través de sus propios artículos y libros, como en la introducción de Cuando la muerte se aproxima (Almadía 2011) titulada Saber escuchar:
“En medicina, saber escuchar es fundamental: no hay cómo suplir esa virtud ni es posible utilizar batas blancas sin adentrarse en el conocimiento y la sensibilidad que depara la escucha. […] Me repito: los enfermos son maestros. Saben que las noches crujen, que el tiempo no sólo tiene horario sino piel, que el cáncer tiene olor, que la lejanía puede doler más que la muerte, que el dolor clausura espacios mientras abre otros, que hay palabras sordas, palabras sin alma, palabras sin rostro y que es necesario escribir la historia de la enfermedad con la sangre propia para mantenerse vivos”.
“No tengo la menor duda –decía Kraus– de que una de las formas más bellas de conocimiento proviene de la comprensión de lo expresado por otras personas. […] Todos los enfermos desean que se les escuche y todos saben que la cura inicia a través de las palabras, de sus palabras”.
Un arte de escuchar que agoniza mientras entregamos, rendidos, las riendas a los algoritmos.
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