Programa Universitario de Investigación sobre Riesgos Epidemiológicos y Emergentes

 

El ciudadano atento 

Pensar en el todo

Dr. Luis Muñoz Fernández 

Esta semana se llevó a cabo el Primer Curso Itinerante de Bioética en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro, organizado por el Colegio de Bioética, A.C. Preparando el tema que me tocó presentar sobre ciertos aspectos de la bioética del medio ambiente, me topé con un concepto que me era familiar porque hace años que me interesan su desarrollo e implicaciones.

La idea desafía lo que hasta ahora hemos considerado nuestra identidad biológica individual y pese a que tiene un sólido sustento científico, se acerca bastante a ciertos saberes ancestrales característicos de las sociedades que consideramos primitivas, previas a la aparición de la ciencia.

Se trata de que cada ser humano no sólo no está formado por un mismo tipo de células similares a las de otros animales y los hongos (células eucariotas), sino que, en realidad, lo que llamamos nuestro cuerpo corresponde a colonias interrelacionadas de diversos tipos de células, con una proporción ligeramente mayoritaria de bacterias (células procariotas). En la terminología científica, cada uno de nosotros es un holobionte, una especie de confederación celular.

Este fenómeno no es exclusivo de los seres humanos, sino la regla entre los demás seres vivos. Es así porque en la historia evolutiva de la vida, la coexistencia de diferentes tipos de células que tienen contacto entre sí en un espacio determinado, o incluso la presencia de ciertas células en el interior de otras, es algo bastante común que podría explicar la aparición de nuevas especies por un mecanismo distinto al de la mutación azarosa del material genético. Más allá de las fuerzas impredecibles del azar, la lucha por la existencia y la supervivencia de los más aptos, los seres vivos cooperan y se diversifican, tal como ya lo había plasmado el naturalista ruso de origen aristocrático e ideas anarquistas Piotr Protopkin (1842-1921) en su obra El apoyo mutuo. En la naturaleza, la cooperación es más frecuente que la competencia.

Una vez que nuestro cuerpo muere y se convierte en cadáver (del latín caro data vermibus, “carne dada a los gusanos”), esa confederación de tipos celulares termina y la bacterias –cada una una célula en sí misma– se encargan de disolver el organismo mediante el proceso que llamamos putrefacción o pudrición. A ese proceso pueden contribuir como auxiliares los integrantes de la fauna cadavérica que incluye diversos tipos de insectos, señaladamente las moscas panteoneras de fiero brillo metálico y sus larvas (los gusanos antes aludidos).

Desde este punto de vista, no sólo somos una asociación temporal de células, sino que formamos parte integral de una red de seres vivos interdependientes que cubre todo el planeta (la biosfera). Siendo conscientes de lo anterior, tenemos un sólido punto de partida para detener el terrible deterioro medioambiental y la pérdida de la biodiversidad que ejecutamos sin descanso apegados al programa económico inapelable e incorregible del capitalismo salvaje que nos atrapa sin remedio.

Además, ante el creciente número de evidencias, deberíamos aceptar ya que la Tierra y su biosfera forman un binomio que se comporta en sí mismo como un ser vivo de proporciones planetarias (la teoría de Gaia), en el que sus elementos constitutivos (animales humanos y no humanos, plantas, bacterias, hongos, etc.) no sólo dependen unos de otros para sobrevivir, sino que contribuyen cada uno con su parte para que ese todo conserve y perpetúe lo viviente.

En este momento disponemos de un poder de exterminio que sobrepasa con mucho la posibilidad de borrar de la faz de la Tierra a toda la humanidad y a buena parte de los demás seres vivos. Ese poder pone en riesgo la trama de la vida de la que formamos parte y se alimenta de una visión del mundo fincada en el individualismo competitivo que margina y anula toda posibilidad de cooperación. Sin garantía de éxito, uno de los antídotos es pensarnos como parte de un todo en el que nuestro bienestar depende del ajeno. ¿Lograremos superar “el siglo de la gran prueba”, como lo llama Jorge Riechmann? No lo sabemos, pero estoy convencido de que vale la pena intentarlo.

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