El ciudadano atento
Cánceres
Dr. Luis Muñoz Fernández
Soy médico anatomopatólogo, dicho en una palabra, patólogo. Eso significa que buena parte de mi trabajo consiste en diagnosticar con la mayor precisión posible los tumores malignos, el cáncer. Estudiar y describir su aspecto macroscópico (a simple vista) y microscópico, su composición química y, últimamente, sus alteraciones genéticas. ¿Para qué? Para que el paciente sepa lo que tiene y el médico sepa qué hacer con él (con el paciente y con el tumor). No todos los cánceres son iguales, no se tratan igual ni se comportan de la misma manera. Es curioso que, pese a todo lo que sabemos sobre el cáncer, con el que tenemos una cercanía casi íntima, a los patólogos nunca nos entrevisten para compartir con el público nuestro conocimiento en esas ocasiones en las que conmemora el día internacional de algún tumor. Para mucha gente, incluyendo algunos médicos, somos invisibles.
He leído o pensado, a veces me cuesta saber si fue una cosa o la otra, que el cáncer es tan difícil de curar porque los tumores malignos no son sino versiones alteradas de nosotros mismos. Somos nosotros comportándonos raro. Son nuestras propias células, otrora respetuosas con las demás, quienes, de pronto, son presa de un extraño frenesí que las lleva a saltarse las reglas de urbanidad, de la buena educación, para prosperar a costa de la salud y la vida de quien las alberga. Se vuelven células kamikaze a cámara más o menos lenta. Siendo versiones alienadas de nosotros mismos, resulta muy difícil eliminarlas sin dañarnos. En algunos casos, y los cirujanos lo saben bien, los límites entre el tejido sano y el maligno son imprecisos. Por eso la medicina de precisión puede ser una esperanza.
El cáncer es al individuo lo que el crimen organizado es a la sociedad. ¿Por qué es tan difícil de erradicar? Posiblemente por la misma razón que impide la curación muchos tumores malignos: porque es una versión modificada de nosotros mismos. La idea no es descabellada. Son cada vez más los estudiosos que insisten en que nuestra visión maniqueísta del narcotráfico –ellos son los malos y nosotros los buenos– es errónea. Lejos de ser una anomalía, algo externo a nuestra sociedad, estos grupos delincuenciales son un producto natural de un sistema económico como el nuestro, que privilegia la acumulación de capital por encima de cualquier otro valor.
Oswaldo Zavala, profesor de Literatura y Cultura Latioamericanas en The College of Staten Island y en The Graduate Center, City University of New York, afirma: “Existe el mercado de las drogas ilegales y quienes están dispuestos a trabajar en él. Pero no la división que según las autoridades mexicanas y estadounidenses separa a estos grupos de la sociedad civil y de las estructuras de gobierno” (Los cárteles no existen. Narcotráfico y cultura en México. Malpaso Ediciones, 2018).
En días recientes hemos asistido atónitos a la borrosa frontera que separa al crimen organizado de la autoridad gubernamental. La lingüista, escritora y activista mixe Yásnaya Elena Aguilar Gil publicó el pasado domingo 27 de julio de 2025 un duro artículo en El País México titulado Adán Augusto y el crimen organizado como un continuo Nëmää, en donde señala:
“… no es posible desligar el crimen organizado del Estado y del capitalismo. Se trata más bien de un continuo en el que es difícil hacer el corte claro, ¿en dónde comienza uno? ¿en dónde acaba el otro? La alianza entre capitalismo, Estado y crimen organizado es lo que hace a este tan letal, una máquina de muerte”.
Y agrega:
“No es que García Luna o Bermúdez Requena estuvieran coludidos con el crimen organizado, eran el crimen organizado mismo ejerciendo labores de Estado a través de ellos. La imagen de Chucho el Roto se va desdibujando y poco a poco surge otra imagen, una de cuello blanco, de saco y corbata, un crimen organizado que también participa en mítines y nos habla de amor a la patria”.
Dos esdrújulas que son intercambiables: cánceres y cárteles. En el relato que nos han contado hay buenos y malos. En la realidad, es prácticamente imposible distinguir unos de otros.
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