Programa Universitario de Investigación sobre Riesgos Epidemiológicos y Emergentes

 

El ciudadano atento 

UNA MALA PERSONA

Dr. Luis Muñoz Fernández 

A lo largo de los veinticinco años que di clases a los alumnos de la carrera de medicina solía decirles que personas malas, lo que se dice verdaderamente malas, hay pocas. Tal vez un buen ejemplo podía ser el emperador Palpatine de La guerra de las galaxias, porque ni siquiera el villano más famoso de la saga, Darth Vader, cumplía ese requisito, ya que al final resultó bueno. Pienso que muchas personas que consideramos malas no lo son, sólo han perdido el rumbo, a veces sin querer.

Pero de que las hay, las hay. Son aquellas que medran cultivando la maldad. El psicólogo estadounidense Philip Zimbardo, que fue presidente de la Asociación Psicológica Americana, dedicó una obra voluminosa al tema que se titula El efecto Lucifer. El porqué de la maldad (Paidós, 2008). En ella propone una definición de la maldad:

“La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Al leerla de inmediato pensamos en la Alemania nazi, paradigma de la maldad donde los haya. Ejemplos de esa magnitud y alcance hay varios más, pero me interesa tratar de entender los cotidianos y más cercanos en el tiempo y en el espacio. Hasta de una mala persona se pueden extraer lecciones provechosas.

Como se aprecia al leer el título del libro de Zimbardo, es casi imposible tratar el tema sin meterse en los meandros teológicos, sobre todo cristianos, tan pródigos a la hora de explicarnos la maldad que anida en el alma humana. Este psicólogo nos dice que el pecado de Lucifer corresponde a lo que los pensadores medievales llamaron cupiditas, que significa “avaricia, ambición, el deseo ardiente de riqueza o de poder sobre otros”. Curioso que lleve el nombre de Cupido, dios del amor y del deseo amoroso, comprobando lo cerca que están el amor del odio. Cupiditas es lo opuesto a caritas (ambos se pronuncian como esdrújulas), “que significa verse a uno mismo como parte de un círculo de amor donde cada ego tiene valor por sí mismo pero también por su relación con los demás”.

Zimbardo dice que para Dante los pecados que brotan de cupiditas son los peores, pues cavan en el interior de quien los padece “un agujero negro tan profundo que nunca se podrá llenar con cantidad alguna de poder o de dinero”. En Comedia (Acantilado, 2018), Dante encarna esa forma de maldad en una fiera que le impide seguir su camino: “Vi una loba voraz que iba repleta de insaciable avidez en su magrura y había causado el mal a mucha gente”. Los que caían en la cupiditas purgaban su pecados atrapados en el Cocito, un lago helado situado en el noveno y último círculo del Infierno, donde mora Lucifer. Se la pasaban temblando, sin poder llorar, con las lágrimas congeladas.

Una de las raíces reconocidas de la maldad es la envidia, que Francisco de Quevedo describe de la siguiente manera en Migajas sentenciosas (Colección Austral, Espasa Calpe, 2007):

“La envidia está flaca porque muerde y no come. Sucédela lo que al perro que rabia. No hay cosa buena en que no hinque sus dientes, y ninguna cosa buena la entra de los dientes adentro. No hay envidioso que confiese que lo es y que no se queje de que lo envidien. No quiere ser lo que es es, y quiere que los otros sean lo que no son”.

¿Cómo sacar provecho de las malas personas? El filósofo e historiador grecolatino Plutarco nos enseña a la par que nos advierte:

“Si quieres afligir al que te odia, no lo taches de hombre degenerado ni cobarde, ni libertino, ni bufón ni innoble, sino tú mismo sé un hombre, muéstrate moderado, sincero, y trata con amabilidad y justicia a los que tienen trato contigo. Pero, si eres empujado a censurar, ponte a ti mismo muy lejos de las cosas que tú censuras. Penetra en tu alma, examina tus puntos débiles, no sea que algún vicio, desde alguna parte, te diga suvamente lo de aquel escritor de tragedias [se refiere a Eurípides]: estando tú mismo lleno de llagas, eres médico de otros”.

Comentarios a : cartujo81@gmail.com

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