El ciudadano atento
PATEAR EL PESEBRE
Dr. Luis Muñoz Fernández
Dice la Academia Mexicana de la Lengua que darle patadas al pesebre es “frase paremiológica popular de origen ranchero que se usa para censurar a quien se vuelve contra su fuente de ingresos”. Frase paremiológica o paremia es “un enunciado breve o sentencioso (como un refrán, proverbio, aforismo o frase proverbial) que transmite sabiduría, valores o consejos populares”. Pues bien, los seres humanos llevamos demasiado tiempo dándole patadas a nuestro pesebre, que es ni más ni menos que la Tierra, fuente de nuestro sustento cotidiano.
Leyendo Bajo un cielo blanco. Cómo los humanos estamos creando la naturaleza del futuro (Crítica, 2021), de la periodista y escritora especializada en temas científicos y mediambientales Elizabeth Kolbert, me embarga una sensación de inquietud cuando pienso en la casa que le vamos a heredar a las siguientes generaciones. El acelerado deterioro nuestro planeta que amenaza a quienes lo habitamos es uno de los temas que los gobiernos y los medios de comunicación evitan tratar en público, ya sea por ignorancia o de manera intencional. Así impiden que se cuestione el modelo socioeconómico predominante, causa fundamental de la actual crisis ecosistémica.
Elizabeth Kolbert nos describe su visita al Canal Sanitario y de Navegación de Chicago, un sistema acuático artificial que ha modificado el curso del río del mismo nombre para desechar los residuos de aquella importante urbe estadounidense:
“El canal, que se planificó en las postrimerías del siglo XIX y se inaguró a principios del siglo XX, le dio la vuelta al río. Forzó al Chicago a cambiar de dirección para que, en lugar de drenar hacia el lago Michigan, la porquería de la ciudad fluyese hacía el río Des Plaines, y de este al Illinois, al Misisipi y, por fin, al golfo de México […] La inversión del río Chicago fue uno de los proyectos de obra pública de más envergadura de su tiempo, un ejemplo de libro de lo que solía llamarse, no sin ironía, el control de la naturaleza […] El río hizo la ciudad, y la ciudad rehízo el río.
Esta gigantesca intervención humana “alteró la hidrología de unos dos tercios de Estados Unidos. Esto tuvo consecuencias ecológicas, que a su vez tuvieron consecuencias económicas, y estas obligaron a hacer una nueva ronda de intervenciones en aquel río que ahora fluía al revés”. Consecuencias que se suceden como una reacción en cadena que llega hasta nuestros días.
Este caso nos obliga a reflexionar sobre los efectos que puede tener ese “control de la naturaleza”. Conforme se presentan las consecuencias de las primeras intervenciones humanas, se aplican nuevas soluciones que a su vez ocasionan nuevas consecuencias, con frecuencia peores que las anteriores. Y así en un ciclo incesante. ¿Que el planeta se está volviendo cada vez más hostil para la vida humana? Nada de replantearnos nuestro estilo de vida basado en el consumo desenfrenado de sus recursos y la expectativa de un “crecimiento infinito”. En su lugar, buscaremos otro planeta para mudarnos o, mejor dicho, al que se mudarán los grandes magnates tecnológicos y sus aliados mientras el resto atestiguamos la agonía de la Tierra y sufrimos la propia en nuestras carnes.
“Los humanos estamos produciendo climas sin igual –nos dice Kolbert–, ecosistemas sin igual, todo un futuro sin igual. Llegados a este momento, sería prudente rebajar nuestras ambiciones y reducir nuestros impactos. Pero somos tantos –casi ocho mil millones en el momento de escribir esto–, y hemos llegado tan lejos, que retroceder no parece práctico”.
El fondo del problema es que padecemos una grave miopía –la visión reduccionista– a la hora de entender la intrincada complejidad de la biosfera. Con frecuencia, empujados por ciertos intereses, somos incapaces de incluir en el análisis las relaciones de todo lo viviente y actuamos de manera simplista y precipitada. Al considerarnos seres excepcionales, separados de la naturaleza, nos engañamos proponiendo soluciones cuyas consecuencias redundan en nuevos problemas. La crisis ecosistémica ya está en marcha y el tiempo para ralentizarla –revertirla se antoja casi imposible– se agota. ¿Un planeta arruinado será lo que le vamos a heredar a nuestros hijos?
Comentarios a : cartujo81@gmail.com
Artículos anteriores: