El ciudadano atento
Dr. Luis Muñoz Fernández
Leyendo un libro del físico teórico italiano Carlo Rovelli encontré estas cautivadoras palabras de Albert Einstein:
“La más hermosa experiencia que podemos tener es el sentido del misterio. Es la emoción fundamental, la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Quien no lo sabe y no puede ya maravillarse está como muerto, sus ojos están ofuscados”.
Muchos siglos antes, Aristóteles escribió algo parecido en su Metafísica:
“…en efecto, los hombres –ahora y desde el principio– comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros, y ante el origen del Todo”.
Pienso en ello al observar las impresionantes fotografías del universo captadas por los telescopios más avanzados y poderosos de la actualidad, como el Hubble, el James Webb y el Vera C. Rubin. Son imágenes con un detalle extraordinario, a todo color, que nos muestran gases cósmicos, estrellas y galaxias que, como los astrónomos de la antigüedad, nombramos con palabras que nacen precisamente del asombro ante el misterio. Ahí está, por ejemplo, la foto de los Pilares de la Creación, unas estructuras alargadas que recuerdan nidos de termitas formadas por gas interestelar y polvo en la nebulosa del Águila, que se encuentra a unos 6,500 millones de años luz de la Tierra, en la Vía Láctea.
Norbert Bilbeny, catedrático de Ética en la Universidad de Barcelona, postula que nuestro eterno embeleso por la contemplación del cielo nocturno pudiera deberse a que los elementos químicos de nuestro cuerpo se forjaron en los hornos luminosos de las estrellas: “Nos satisface la contemplación del espacio celeste, con sus miles de lámparas colgadas de él, de la misma manera que nos fascina la visión de otras aglomeraciones de luz”.
Aunque lo que propone Bilbeny nos pueda parecer descabellado, tal vez no lo sea. De igual manera, podríamos decir que la calma que nos inspira la inmensidad del mar al contemplar un atardecer en la playa nos trae el recuerdo del plácido medio acuoso en el que nos desarrollamos antes de nacer y, más atrás en el tiempo, del océano primitivo en el que medraba aquel remotísimo LUCA (Long Unknown Common Ancestor, por sus siglas en inglés), el antepasado común de todas las formas vivientes que han poblado nuestro planeta, entre ellas, nosotros.
Muchos filósofos y científicos, más allá de sus creencias personales, tienen ese sentido del misterio al que hacía referencia Einstein. El paleontólogo Neil Shubin lo expresa así:
“En cada órgano, célula y fragmento de ADN de nuestro cuerpo está inscrita la historia de la vida en la Tierra y sus 3 mil quinientos años de duración. Por consiguiente, las pistas para descifrar la evolución humana residen en las impresiones de los gusanos en las rocas, el ADN de los peces y las marañas de algas en un estanque… Pensando en ello, me fui dando cuenta de que los gusanos, los peces y las algas no son sino el acceso a conexiones todavía más profundas, que se extienden hacia atrás miles de millones de años, antes de la aparición de la vida y de la Tierra misma. Inscrito en nuestro interior está el nacimiento de las estrellas, el movimiento de los cuerpos celestes e incluso el origen de los días”.
Al mirar los astros que tachonan el cielo nocturno, Bilbeny nos dice que “los vemos en realidad como eran en el pasado, pues su luz ha tenido que cruzar la inmensidad y ha tardado mucho tiempo antes de hacerse visible a nuestros ojos. La historia del universo es la única historia, el único pasado que se ve”.
La bóveda celeste por la noche es el único pasado que se ve… ¿No es fascinante?
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