El ciudadano atento
SER CONTEMPORÁNEO
Dr. Luis Muñoz Fernández
Siempre es difícil ser contemporáneo de una manera consciente, es decir, ser capaz de tomarle el pulso al momento en el que se está viviendo. Así como lo define el filósofo Giorgio Agamben:
«Es en verdad contemporáneo aquel que no coincide a la perfección con su tiempo ni se adecúa a sus pretensiones y es, por ende, en este sentido, inactual; pero justamente por eso, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es capaz de aprehender su tiempo».
No estoy seguro si hoy eso es más difícil que lo fue en otras épocas, pero tengo la impresión de que sí. Recuerdo la estabilidad inmutable del mundo en el que había vivido Stefan Zweig, tan bien descrita al inicio de El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Acantilado, 2005, publicado originalmente en 1942):
«Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esa estabilidad […] Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados».
Esa impresión de estabilidad fue ilusoria, bien lo supo el propio Zweig que no soportó el terremoto y los abismos que abrieron las dos Guerras Mundiales. Así es el devenir del mundo. Sus momentos de continuidad siempre alternan con otros de inestabilidad. Y parece que estos últimos son el signo distintivo de nuestro presente: la Vida líquida de Zymunt Bauman y Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina, por citar un par de ejemplos.
Por eso hoy es particularmente difícil ser contemporáneo. A ello contribuye el torrente cotidiano de noticias que anega los canales informativos, muchas de ellas intrascendentes, distorsionadas o falsas, la rapidez con la que se suceden los acontecimientos y la merma en la capacidad de atención, la comprensión lectora, el análisis y el juicio crítico, ocasionada, entre otras cosas, por la adicción a todo lo que nos ofrece el ciberespacio, que es, para muchos, la única fuente de información y conocimiento. Ese zumbido constante que no nos deja pensar, que nos distrae.
¿Tiene eso importancia? ¿No debemos aceptarlo sin más como parte natural de la evolución de la sociedad y heraldo del progreso que nos acerca a una vida mejor? Daniel Innerarity, catedrático de filosofía de la Universidad del País Vasco, reflexiona sobre todas estas cosas en El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, 2026):
«No es fácil ser buen contemporáneo porque no sabe uno qué está sucediendo realmente en medio del fragor de las noticias, las imágenes que se suceden, el ruido estremecedor y las opiniones tan diversas y con frecuencia contradictorias. Hay que darle a todo ello un orden y sentido, no confundir lo decisivo con lo llamativo. ¿En qué tiempo vivimos realmente? ¿Estamos en medio de acontecimientos que marcarán época o en una agitación improductiva? ¿Qué cosas van a durar y cuáles desaparecerán con la misma rapidez con la que irrumpieron? ¿Quién está atento y quién distraído? ¿Quién tiene razón entre tantos que anuncian con solemnidad que algo es “histórico” o formulan un “cambio de paradigma”? ¿A qué estamos asistiendo, siendo testigos o tomando parte?».
El inquietante escritor chileno Benjamín Labatut también se refiere a esta característica del mundo contemporáneo en La piedra de la locura (Anagrama, 2021):
«La irrupción de lo nuevo es un proceso traumático. Hoy, los monstruos y maravillas de la ciencia y la tecnología nos tienen paralizados. Debemos hacer un esfuerzo constante para no ahogarnos entre los rompientes de una interminable marea de cambios, mientras los poderes políticos y económicos nos apalean hasta la sumisión, y las grandes compañías que habían prometido “no hacer el mal” nos espían con su enjambre de algoritmos».
Siempre ha sido difícil ser un contemporáneo cabal, pero hoy parece serlo todavía más.
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