El ciudadano atento
EL CIRUJANO Y EL CUERPO
Dr. Luis Muñoz Fernández
El texto que escribí el domingo pasado sobre algunos conceptos generales del humanismo suscitó diversas reacciones entre quienes lo leyeron, algunas en torno al significado de la felicidad y otras sobre el hecho de que ese humanismo pasa necesariamente por la circunstancia de que somos seres corpóreos, es decir, que tenemos un cuerpo. Con esto último estoy completamente de acuerdo.
Los médicos tenemos la fortuna de lidiar con ello todos los días, especialmente si ejercemos ciertas especialidades que guardan estrecha relación con el cuerpo. Es el caso notable de los cirujanos, quienes incursionan a diario en los espacios corporales que les son vedados al resto de los mortales. A ellos se dirigía con estas palabras Paul Valéry cuando pronunció su Discurso a los cirujanos el 17 de octubre de 1938 en el Anfiteatro de la Escuela de Medicina de París: “Vuestra profesión es una de las más enteras que hay: exige la existencia y el gasto del hombre total”.
Para los cirujanos sus manos lo son todo, incluso si manipulan un robot, como empieza a ocurrir ahora. Con ellas se han abierto paso en las cavidades corporales durante siglos, reconociendo los caminos más cortos y menos peligrosos a los órganos enfermos. Será por eso que en el prólogo de El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía de Cristóbal Pera (Acantilado, 2003), el filósofo Emilio Lledó cita a Anaxágoras cuando dice que “El hombre piensa porque tiene manos”, si bien Aristóteles pensara justamente lo contrario: es “por ser inteligente por lo que tiene manos”.
Y es una coincidencia feliz que recordemos aquí al doctor Cristóbal Pera Blanco-Morales, cirujano eminente y ejemplo de médico humanista, que falleció apenas el pasado 17 de junio de 2026 en Barcelona, donde desarrolló su destacada labor asistencial, docente y de investigación, amén de ser miembro, entre otras, de la Asociación de Cirujanos de la Gran Bretaña e Irlanda y presidir el Comité Consultivo para la Formación de los Médicos de la Unión Europea.
¿Y por qué digo que es una coincidencia feliz? Porque tras su jubilación, el Dr. Pera nos dejó algunos libros de divulgación con sus reflexiones sobre el cuerpo que se leen con enorme placer y provecho. Su vasta cultura ilumina el cruce de caminos entre la cirugía y el cuerpo y nos enseña que “esta humanidad radica precisamente en ese cuerpo, en ese espacio biológico que le da aliento y del cual emanan las palabras, el pensamiento y la conciencia del propio yo”.
El terreno teórico-práctico en el que se encuentran el cirujano y el cuerpo es la anatomía. No la anatomía descriptiva que se estudia durante el primer semestre de la carrera, sino la anatomía quirúrgica, a la que Cristóbal Pera se refiere en su Diccionario filosófico de la cirugía:
“Es evidente que el cirujano debe conocer no sólo las descripciones estadísticamente típicas o modales de los textos de anatomía descriptiva, sino las variaciones anatómicas posibles, con el fin de evitar los errores técnicos que se originan por no reconocerlas como tales y que, desafortunadamente, provocan lesiones quirogénicas […] Esta variabilidad de la disposición anatómica modal es especialmente peligrosa en ciertas áreas del espacio corporal, estructuralmente muy tupidas, de las que son paradigmáticas las vías biliares en la cavidad abdominal […] y la glándula tiroides en el cuello…”.
Desde luego, la anatomía patológica le ayuda a reconocer el rostro de la enfermedad: la lesión.
Ruth Richardson, en su Death, dissection and the destitute (Muerte, disección y el desahuciado. The University Chicago Press, 2000), recuerda lo que el anatomista William Hunter decía al referirse a la anatomía quirúrgica: “informa a la cabeza, guía a la mano y familiariza al corazón con una especie de inhumanidad necesaria”. Esa inhumanidad a la que se refiere Hunter es el temple que se necesita para disecar un cuerpo humano, vivo o, como bien lo sé, muerto: “Representa una barrera defensiva, que le permite al anatomista ejecutar tareas que, en condiciones normales, serían tabú o emocionalmente repugnantes”.
Y terminemos hoy regresando a Paul Valéry: “Todo sistema filosófico en el que el cuerpo humano no desempeña un papel fundamental es inepto, inapto”.
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