El ciudadano atento
La maldición heredada
Dr. Luis Muñoz Fernández
Como ya lo he manifestado anteriormente, buena parte de mi trabajo consiste en estudiar y diagnosticar diversos tipos de tumores malignos, lo que en el lenguaje coloquial llamamos cáncer.
No es rara la ocasión en la que después de informar uno de esos diagnósticos, la afectada o el afectado, o bien sus familiares me pregunten preocupados : ¿el cáncer es hereditario?
En términos generales, la respuesta es que sólo un porcentaje minoritario de los cánceres humanos son transmitidos de los padres a los hijos. En realidad y como es bien sabido, no es que los tumores pasen directamente de los progenitores a sus descendientes. Lo que se transmite es la información genética defectuosa que disparará la multiplicación de algunas células filiales hasta que formen un conglomerado al que llamamos tumor. Pero insistamos en que eso sólo sucede en una minoría de casos. En el resto, el fenómeno inicia y se desarrolla durante la vida del individuo, sin que nadie le haya heredado defecto alguno. La mayoría de los tumores malignos son esporádicos.
En las últimas décadas hemos avanzado mucho en el conocimiento de los complejos mecanismos que transforman a una célula normal en una maligna. Los científicos han tenido que descender hasta los niveles más básicos de la organización de la materia viviente para desentrañarlos. Como antaño los anatomistas disecaban el cuerpo humano para conocer sus elementos constitutivos y elucubrar su funcionamiento que luego se comprobaría científicamente, los biólogos moleculares de hoy disecan la maraña de reacciones químicas en el interior de nuestras células para encontrar en dónde está el error que conduce a la transformación maligna.
Mientras escribo estas líneas me encuentro en la ciudad de Puebla para asistir y participar en el Curso Internacional de Patología Quirúrgica y Molecular 2025, organizado por el Hospital
Ángeles de aquella ciudad, Labopat y la Asociación Iberoamericana de Patología Molecular. Este año, el tema es justamente el cáncer familiar y hereditario.
Decíamos que estos casos representan un porcentaje menor en relación a la totalidad de los cánceres. Cierto, aunque añadiremos ahora que son más frecuentes de lo que pensábamos y que estamos obligados a sospechar su existencia si quien los sufre y sus parientes reúnen ciertas características que apuntan a la transmisión hereditaria. La sospecha suele aparecer cuando el médico realiza concienzudamente una tarea que parece haber abandonado: la buena historia clínica.
Si el diagnóstico de cáncer suele despertar una de las mayores estupefacciones que puede experimentar un ser humano, pasmo al que sigue o bien una negación del brutal hecho o un abatimiento difícil de remontar, el saber que es fruto de una herencia nefasta es como la explosión de una bomba cuya onda expansiva trasciende los límites del paciente para extenderse a sus seres queridos, que ahora se preguntan si acaso ellos llevarán dentro ese dardo envenado que acaba manifestarse en su allegado.
Y ahí radica el valor de su identificación oportuna, ya que desencadena una serie de pesquisas en la familia con el propósito de buscar en el material genético de cada miembro la presencia de la marca química del maligno, nunca antes mejor nombrado este demonio hecho carne. Al desenmascararlo, se pueden tomar medidas para que no se desarrolle, salvándose así vidas preciosas que de otro modo se perderían irremisiblemente sin ningún consuelo. Como si se tratase de una maldición inexplicable o de la venganza de unos dioses caprichosos y crueles.
Añádase el hecho de que este tipo de tumores malignos, cuando suceden, lo hacen acompañados de otros de los de su cuerda, es decir, que quien, por ejemplo, tiene un cáncer de mama hereditario se ha ganado el riesgo de padecer otros tumores malignos. Como si no fuese desgracia suficiente el tener un cáncer, ahora resulta que se pueden sumar otros, a cual más temible.
Todo esto es una manifestación más de la compleja red de relaciones que late en nuestro interior, vínculos que vamos desentrañando conforme nos internamos en nuestra propia espesura.
Comentarios a : cartujo81@gmail.com
Artículos anteriores: