El ciudadano atento
DE LO QUE NO SE HABLA
Dr. Luis Muñoz Fernández
El pasado viernes 7 de agosto de 2026 los integrantes del Seminario de Cultura Mexicana Corresponsalía Aguascalientes celebramos nuestro 83 aniversario en el Teatro Antonio Leal y Romero del Instituto Cultural de Aguascalientes con una sesión solemne donde se entregaron merecidos reconocimientos a varias personas y agrupaciones que impulsan la cultura en nuestro Estado y se nombraron miembros eméritos a aquellos compañeros de la Corresponsalía que han reunido sobrados méritos para ello. Fue una sesión espléndida en lo cultural y en lo humano.
Poco antes del inicio, mi estimada compañera Mariana Torres Ruiz me preguntó qué libro estaba leyendo y traía en la mano. Se lo mostré. Se trata de La sociedad de la externalización, del sociólogo alemán Stephan Lessenich (Herder, 2019). Mariana leyó en la contraportada:
“Tenerlo todo y querer aún más, preservar el propio bienestar a costa de denegárselo a otros: esa es la máxima de las sociedades desarrolladas, aunque se intente disimular en el ámbito público. En efecto, Occidente externaliza sistemáticamente los efectos negativos generados en pos de nuestro modo de vida sobre los países más pobres de otras regiones del mundo. A diferencia del ideal que querríamos creer, si nos va bien es porque desplazamos sistemáticamente muchos de los problemas que genera nuestro estilo de vida sobre los más desfavorecidos”.
Al terminar de leer ese resumen, Mariana me dijo que yo escribo con frecuencia sobre temas difíciles, tristes, de calamidades e injusticias y que se necesita “un estómago muy especial y resistente” para poder hacerlo. Le respondí que sí y que en parte esa afición se debe a la profesión de ejerzo, la de médico patólogo, en la que soy diario testigo de las devastación que causan las enfermedades, a las que tengo que describir y nombrar de la manera más precisa posible.
Desde luego, hay otras razones. Creo que una de las misiones más elevadas del médico es dar voz a los que no la tienen, los pobres, los desvalidos, los más necesitados. Como decía el gran patólogo Rudolf Virchow: “La medicina es una ciencia social, y la política no es más que medicina a gran escala”. Y, desde luego, mi historia familiar: el ser hijo de víctimas de la Guerra civil española, un mecánico y una obrera de fábricas textiles y empleada del Mercado Central de Sabadell (Barcelona) y el haberme criado en una familia que sólo admitía como meritorios el trabajo, la honradez, la aplicación en el estudio y el rechazo a los privilegios excesivos que provienen del poder civil o eclesiástico y de la riqueza y el linaje hereditario.
Para hablar y escribir de lo que no se habla y conservar un mínimo de independencia, sobre todo en ambientes donde privan el conservadurismo y la veneración al poder establecido, se necesita cierta resistencia a las tentaciones que ese poder ofrece, las sinecuras que otorga para acallar las críticas. Pero esa resistencia a las prebendas interesadas que prodiga cualquiera de las encarnaciones del “ogro filantrópico” no es suficiente. Incluso hay que resistir los halagos. Como dice el sabio Santiago Ramón y Cajal en la segunda parte de sus memorias Recuerdos de mi vida. Historia de mi labor científica (Alianza Editorial, 1984):”… para salir con bien de los obsequios y agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero, piel de elefante y estómago de buitre”. Ese es justamente el estómago que hay que tener para hablar y escribir de lo que no se habla.
¿Y por qué hacerlo? Porque es un deber ético de todo ciudadano interesado en mejorar las relaciones con sus semejantes, que aspira a contribuir, aunque sea con una aportación muy modesta, al bien común. De no hacerlo así, lo que se fomenta es la complacencia, el conformismo, el temor, la parálisis del pensamiento que se oxida y le teme a cualquier cambio que lo saque de su zona de confort. Se puede confundir todo lo anterior con la ansiada estabilidad, pero en realidad se trata de estancamiento. Allá donde no se desafía al establishment, se entroniza la mediocridad. Y no sólo se entroniza. En estos tiempos, gracias a los potentes altavoces que nos presta la tecnología, como alquimistas a la inversa hemos hecho de la mentira una verdad y de la mediocridad una virtud.
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