El ciudadano atento
EL OCASO DE MI MUNDO
Dr. Luis Muñoz Fernández
Nací y me formé en un mundo que hoy transita por el atardecer. Un mundo cada vez más difícil de recordar, aunque no para mí, que en esta etapa de la vida acumulo más recuerdos que expectativas. Un mundo lejano. Y no me refiero a la dimensión geográfica, sino a la temporal. Un mundo que me pide ahora que lo plasme en unas pocas líneas, aunque sea imposible porque tuvo una riqueza y complejidad equiparables a cualquiera de los mundos ya desaparecidos y a los que estén todavía por llegar. Un mundo que será olvidado, aunque no por todos y, con suerte, tal vez no para siempre. Por eso hay que ir dejando mendrugos de pan a nuestro paso por si luego alguien lo quiere volver a encontrar.
Fue un mundo en el que cuando que fuimos jóvenes abrazamos ideales. La vida nos enseñaría que la mayoría no se harían realidad, pero que sería vital conservar en nuestro interior los más preciados, aquellos que representan valores eternos y que, lejos de la competencia para alcazar en solitario la cima del éxito, anteponen la solidaridad y expresan el verdadero sentido de la compasión hacia los más desfavorecidos.
Quiero creer que la mayoría de quienes en aquel entonces estudiamos la carrera de medicina lo hicimos pensando en poner al servicio de los enfermos la mejor reserva espiritual de nuestro arte y los recursos más benéficos de nuestra ciencia. Algunos aprenderíamos que la intromisión de las leyes del mercado en la relación médico-paciente ha ido transformando nuestra profesión cada vez más y, con triste frecuencia, no para bien, trocando el servicio por el negocio. Al mismo tiempo, la medicina pública, el espacio natural en el que se podía ejercer la profesión con el mayor apego a los ideales y sus principios éticos, se ha ido estrechando y se sigue agostando ante la indiferencia general.
La religión de hoy es la del éxito material, la del dinero, la de la competencia encarnizada por poseer en detrimento del esfuerzo por llegar a ser. Precisamente el esfuerzo, que solemos asociar con el sacrificio que impone penalidades como requisito previo para alcanzar las metas, causa horror y rechazo. Se desea el fruto, se quiere de inmediato y sin que medie el sudor para obtenerlo. Son ya legión los formados en la ley del mínimo esfuerzo. Y esa mayoría se nota, pesa en el ambiente.
Ese facilitar la vida ha sido el señuelo que, con las poderosas herramientas de hoy, atrae a las multitudes. ¿Para qué invertir tiempo y esfuerzo si lo puedo tener de inmediato y sin despeinarme? Es imposible desmontar ese argumento, que se presenta como la panacea de todos nuestros males y se disfraza con la promesa de que disfrutaremos de una prosperidad ilimitada, mientras se oculta su efecto erosivo en algunas de las cualidades más admirables del espíritu humano.
¿Hacia dónde irá el mundo? No lo puedo saber con certeza. Uno es hijo de su época, es una ley de vida inapelable. Por eso prefiero consultar a los sabios del pasado que a los agoreros del presente. Aquellos han resistido la prueba del tiempo que ha confirmado sus estimaciones. Estos todavía tienen que demostrar su verdadera capacidad y si lo que profetizan se cumplirá.
Lo que se observa es la profundización cada vez mayor de una crisis que rebasa los límites de lo humano: una crisis ecosocial. El calentamiento global, fruto en buena parte del consumo inmoderado de combustibles fósiles, ha provocado mortíferas oleadas de calor en Europa y se ha puesto hoy mismo la máscara de pavorosos incendios en España y Francia. No hace falta ser la sibila de Delfos para saber lo que se nos viene encima, o, mejor dicho, lo que se les viene a nuestros hijos.
En un ingenioso ejercicio de historiar el presente desde el futuro, Martín Caparrós cita en El mundo entonces. Una historia del presente (Penguin Ramdom House, 2023) unas palabras del filósofo italiano Giorgio Agamben con las que me identifico, aunque no sé si adecuadamente:
“Es en verdad contemporáneo aquel que no coincide a la perfección con su tiempo ni se adecúa a sus pretensiones y es, por ende, en este sentido, inactual; pero justamente por eso, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es capaz de aprehender su tiempo”.
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