El ciudadano atento
Mi vida con los muertos
Dr. Luis Muñoz Fernández
Semanas atrás, amigos y compañeros del Colegio de Bioética me animaron a escribir sobre algunas de mis experiencias con los cadáveres a los que como médico patólogo me tocó hacerles la autopsia. Es un tema oportuno para este 2 de noviembre de 2025, cuando se celebra el Día de los Fieles Difuntos o Día de los Muertos, una tradición muy mexicana entreverada hoy con la festividad del Halloween típica de los estadounidenses.
Empecé a realizar autopsias desde el primer año de la residencia en Anatomía Patológica en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán. En aquella época yo vivía, junto con otros tres o cuatro residentes, en el cuarto piso del hospital, así que si se requerían mis servicios con algún cadáver de interés médico, no tenían sino que tocar en la puerta del cuarto… a la hora que fuese.
La primera vez fue alrededor de las dos de la mañana. Llamé a otro residente de patología tan novato como yo para hacerla entre ambos. Creo que tardamos cerca de dos horas solamente para mover el cadáver desde la camilla a la mesa de autopsias. Ambos comprobamos que los muertos pesan como tales y que nunca se debe intentar subirlos a la mesa de autopsias después de despojarlos de la mortaja. Esa sábana nos permite moverlos más fácilmente. La lección me sirvió muchos años después en el movimiento inverso, cuando pase el cadáver de mi padre desde su cama a la camilla para que fuese trasladado a la funeraria.
Existen varios métodos para llevar a cabo la extracción de los órganos de un difunto (la evisceración). Yo aprendí el método de Rokitansky, que permite extraer en una sola pieza desde la lengua hasta el recto, con la totalidad de los órganos del cuello, tórax y abdomen. Luego se extrae el cerebro y se procede a coser el cuerpo para pasarlo de nuevo a la camilla y de ahí al depósito de cadáveres. Por fín, el patólogo se queda a solas con todos los órganos que separará y conservará hasta la realización del estudio histopatológico mediante protocolos bien establecidos.
Uno de los grandes expertos en el tema es el doctor Francisco González Crussí, patólogo mexicano que hizo su carrera en los Estados Unidos. En su obra El cuerpo imponderable. Ensayos sobre la visión médica y artística de la corporalidad (Academia Mexicana de la Lengua, 2020), afirma lo siguiente:
“Hay muchos aspectos interesantes en la vida profesional del patólogo. La práctica consuetudinaria de la autopsia, por ejemplo, lo acerca a la muerte y lo obliga a reflexionar. El cadáver es como un texto en clave sobre la enfermedad mortal. El patólogo quiere ser el criptógrafo que lo descifra, el experto que puede leerlo. Ese texto dice cómo ocurrió la muerte. Y todo aquel que se acerca al soberano misterio inevitablemente se pregunta por qué. No sólo cómo, sino el porqué, aun sabiendo que la respuesta a lo segundo es imposible. El patólogo tiene un oficio que invita a la reflexión”.
El doctor González Crussí tiene toda la razón. La lectura de ese texto que es el cuerpo exánime tiene que hacerse con la información clínica que dirija nuestra disección a los órganos de especial interés, aunque el procedimiento clásico abarque prácticamente todo el cuerpo humano. Y una vez hecho el trabajo anatómico y su posterior estudio microscópico llega la hora de integrar todo ello en un relato coherente que tenga sentido dentro del conocimiento científico de la enfermedad. No hay lugar para elucubraciones, aunque al final puedan persistir enigmas sin resolver. No todo proceso morboso altera la estructura de los órganos. Hay enfermedades invisibles aun para el microscopio.
Para el patólogo todo es observación y reflexión. La vista es su sentido más preciado, ya sea a través de la observación directa (patología microscópica) o mediante el uso del microscopio (histopatología). Se espera de él que, con vivos y muertos, sea un virtuoso del diagnóstico microscópico. Como dice González Crussí, “una especie de Paganini óptico, un artista de la función ocular”. Gracias al patólogo, la autopsia es el momento en el que los muertos enseñan a los vivos.
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