El ciudadano atento
CONTUMACIA
Dr. Luis Muñoz Fernández
Contumacia y contumaz, nombre y adjetivo respectivamente que se refieren a la obstinación en mantener un error, eran dos de las palabras favoritas de Arnoldo Kraus (1951-2025), médico, escritor y cofundador del Colegio de Bioética. Arnoldo utilizaba con frecuencia ambas palabras para referirse a la clase política, a la que fustigaba con merecida frecuencia en sus escritos.
Pese a sus esfuerzos, seguimos siendo testigos del florecimiento de la contumacia y de la cada vez mayor presencia de contumaces en la vida pública. No debe sorprendernos del todo, porque vivimos días en los que no sólo la verdad carece de valor, sino que los expertos son desdeñados y desplazados por cualquier ignorante y atrevido –condiciones que suelen presentarse juntas por aquello de que “el que nada sabe, nada teme”– que lanza ocurrencias sin fundamento y, todavía peor, influye en las políticas públicas que afectan a miles o millones de personas.
En las últimas dos semanas hemos tenido a domicilio una pugna entre dos autoridades políticas con ideas diametralmente opuestas sobre la historia de México, ambas contumaces hasta el delirio. Una, nostálgica del imperio y la dictadura, a despecho de lo expresado por el Gobierno y la Corona de España, vino con espíritu evangelizador a explicarnos que la Conquista fue un acontecimiento feliz, bondadoso, incruento, gracias al cual salimos de la barbarie y abrazamos la religión verdadera, integrándonos armoniosamente a la cultura occidental por la gracias de Dios.
La otra, cuyo profesor de historia parece ser su predecesor en el cargo, nos habla de un pasado remoto en el que los pueblos originarios de México convivían plácidamente en una Arcadia feliz, donde día a día sus habitantes se esmeraban en cultivar lo que hoy consideramos elevados valores morales, única raíz de la grandeza de México, sin rastro de malquerencias, violencias o atropellos que, si en el presente nos tienen acoquinados, se debe a la nefasta herencia ibérica que en mala hora corre por nuestras venas. Todo aquello de los sacrificios humanos y la antropofagia son mentiras fraguadas y propaladas por los conquistadores, encomenderos, frailes y autoridades virreinales varias que bien se encargaron de forjar esa leyenda negra a la mexicana para exaltar la intrusión hispana.
Por mi singular condición de mestizo –todos en el mundo lo somos– nacido allende los mares, habiendo pasado tres cuartas partes de mi vida en México, he asistido con interés a este enfrentamiento para algunos totalmente intrascendente, pero que para un perenne aprendiz de lo mexicano como yo ha confirmado lo que hace mucho ya me decía mi padre y que ha expresado con gran tino el historiador, escritor, pintor y poeta malagueño exiliado en México a causa de la Guerra civil española José Moreno Villa (1897-1955): “La historia de México está en pie. Aquí no ha muerto nadie, a pesar de los asesinatos y de los fusilamientos. Están vivos Cuauhtémoc, Cortés, Maximiliano, don Porfirio, y todos los conquistadores y todos los conquistados. Esto es lo original de México. Todo el pasado suyo es actualidad palpitante. No ha muerto el pasado, se ha parado”.
En este tema como en todos, la verdad absoluta, a la que el espíritu racional y científico ha renunciado y reemplazado por una verdad parcial siempre cuestionable, sigue pendiente e irá evolucionando merced al fruto de las investigaciones que se sigan llevando a cabo por los verdaderos estudiosos con la seriedad debida y los métodos cada vez más rigurosos que les proporciona su disciplina. Así podrán sortear las trampas que les tienden las contumaces y sus corifeos, que se empeñan en defender sus inverosímiles posturas echando mano de todo tipo de recursos, como ha ocurrido en este caso. Una, con la ayuda de un músico trasnochado que gozó de fama como parte de un trío mecánico y, la otra, esgrimiendo los argumentos de un cacique que desde tierras tropicales pretende torcer la historia a su conveniencia para erigirse como un Huey Tlatoani restaurado.
Mientras, recordemos aquellas palabras que podemos leer en la Plaza de las Tres Culturas, atribuidas a Jaime Torres Bodet, quien fuera Secretario de Educación Pública (este sí de verdad): “No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.
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