El ciudadano atento
HUMANIMALES
Dr. Luis Muñoz Fernández
La idea de que somos radicalmente distintos de los animales y la cúspide de la creación –la excepción o excepcionalidad humana– puede ser dañina. Está relacionada con la actual extinción masiva de numerosas especies de seres vivos que algunos equiparan a una sexta gran extinción tras las otras cinco de carácter masivo ocurridas en épocas remotas. También es una de las causas más importantes del deterioro de nuestro planeta encabezado el cambio climático. Por eso es importante reconocer la raíz biológica que nos vincula con los demás seres vivos y aceptarnos como los animales que también somos. Somos animales humanos en un mundo de animales no humanos. Por eso se ha acuñado el término humanimales.
Desde el punto de vista biológico, nuestro estrecho parentesco con el resto de los seres vivos, y especialmente con los animales, está más que comprobado. Así lo expresa el genetista británico Adam Rutherford del University College London:
“Los seres humanos son animales. Nuestro ADN no es distinto de cualquiera que haya vivido en los últimos 4 mil millones de años… Hasta donde sabemos, el código genético es universal. Las cuatro bases nitrogenadas que forman el ADN son las mismas en las bacterias, los bonobos, las orquídeas, los robles, los chinches, los percebes, los triceratops, el Tyrannosaurus rex, las águilas, las garzas, las levaduras y los demás hongos. De igual manera, la disposición de los genes en el ADN y los mecanismos para traducirlos en proteínas son también los mismos, como lo es la organización de todos los organismos en células, la forma en la que estas obtienen energía y los procesos evolutivos de todos los seres vivos”.
Además de lo señalado en el primer párrafo, el sesgo por el que favorecemos a nuestra especie y la situamos por encima de las demás, el denominado especismo, tiene mucho que ver con otras formas de discriminación y desprecio hacia el otro, como el racismo y el sexismo. De esta manera, justificamos numerosas formas de explotación, como la ganadería industrial, algunos espectáculos en los que se usan animales, la caza de especies amenazadas, el colonialismo, la esclavitud y la trata de personas, entre otros.
La visión actual, paulatinamente menos discriminatoria, admite que la frontera entre la humanidad y la animalidad es porosa. Sin embargo, resulta extraordinariamente difícil, por no decir imposible, ponerse verdaderamente en el lugar de los animales no humanos. ¿Cómo sienten, cómo piensan, cómo ven el mundo que los rodea? Charles A. Foster, escritor, viajero, veterinario, taxidermista, abogado y filósofo inglés, miembro de Exeter College de la Universidad de Oxford, escribió un libro titulado Ser animal. Un acercamiento íntimo y radical a la naturaleza (Capitán Swing, 2019) en el que trata de traspasar la barrera que nos separa de los animales no humanos viviendo e intentado sentir y ver el mundo como algunos animales relacionados con los antiguos cuatro elementos que forman el mundo: el tejón y el ciervo (tierra), el zorro urbano (fuego), la nutria (agua) y el vencejo (aire). Toca un punto fundamental que está en el centro del tema que nos ocupa: el reconocimiento de la propia identidad. Inicia el primer capítulo, titulado Volverse bestia, con estas palabras del escritor estadounidense Jonatha Safran Foer:
«Preguntar, “¿Qué es un animal?”, o, por ejemplo, leerle a un niño un cuento sobre un perro, o apoyar los derechos de los animales, revierte de manera inevitable en plantearse qué significa ser uno de nosotros en lugar de uno de ellos. Es lo mismo que preguntar: “¿Qué es un ser humano?”».
En estos días se ha armado un revuelo mediático en torno a unos adolescentes que se sienten identificados piscológicamente y espiritualmente con ciertos animales no humanos. Este grupo de personas se autodenomina therians, palabra que proviene de la inglesa therianthropy, que a su vez deriva del griego antiguo therion (bestia o animal salvaje) y anthropos (humano). Me ha entristecido observar como los medios de comunicación, muchas personas y ciertos actores sociales han hecho escarnio de estos jóvenes sin ni siquiera conocer sus motivos ni sus sentimientos. Qué lastima.
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