El ciudadano atento
PÁJARO DE MAL AGÜERO
Dr. Luis Muñoz Fernández
Me gano la vida diagnosticando enfermedades a través del estudio de las células y tejidos humanos con el microscopio. Con frecuencia, aunque no siempre, se trata de tumores. Ese nombre que les pongo no sólo los identifica con mayor precisión y los distingue de los cientos adiferentes que existen, sino que al médico tratante le permite conocer su conducta biológica –benignos, malignos menos agresivos, malignos más agresivos y francamente letales¬–, planear el tratamiento más adecuado y estimar el pronóstico de la enfermedad.
Los médicos patólogos conversamos con los pacientes con menos asiduidad que los médicos clínicos y los cirujanos, pero también lo hacemos. Por lo descrito en el párrafo precedente, podrá entenderse que nosotros damos malas noticias con cierta frecuencia. Por eso, cuando me despido de alguien a quien acabo de conocer y que se ha enterado de mi profesión o me pregunta qué especialidad de la medicina ejerzo, suelo decirle: “Desde luego que estaría encantado de servirle, pero espero no tener que hacerlo”. Casi todos se retiran cariacontecidos.
Informarle a un paciente un pronóstico ominoso no suele ser una tarea grata. Sólo puede emprenderse desde la verdadera compasión, es decir, desde la capacidad que debería tener todo médico de ponerse en el lugar del paciente, de ser capaz al menos de imaginar su angustia, su miedo, su sufrimiento. Y siendo el exponer algo tan terminante –que hace imposible cualquier insistencia o discusión– un deber del profesional de la medicina, el médico debe saber hacerlo con claridad y delicadeza, viendo a los ojos del paciente, evitando decirle “no se puede hacer nada por usted”.
Desafortunadamente, al médico nadie le enseña a hacerlo. En este sentido, el doctor Marcos Gómez Sáncho, especialista en cuidados paliativos y una referencin internacional en el campo, nos dice lo siguiente en Cómo dar malas noticias en medicina (El Manual Moderno, 2019):
“Lamentablemente, en los tiempos que corren, los profesionales no reciben durante su etapa de formación en las universidades y escuelas universitarias ningún adiestramiento en este sentido. Nuestras facultades de medicina consideran cumplida su misión si logran hacer del estudiante un buen técnico […] Parece como si estos aspectos de nuestra relación con el enfermo en cuanto persona humana, de nuestra comunicación con él, y no digamos de lo referente al tema de cómo plantearle un diagnóstico mortal, rebasaran el campo de la Medicina y quedaran relegados a lo que, no siempre con el respeto debido, suele ser calificado como tarea para los humanistas. Se establece en la práctica una separación que sitúa en un campo lo técnico-científico y en el otro los valores humanos, sin apenas dejar margen para alguno que otro solitario que sea puente entre ambos”.
Tampoco la compasión y otros sentimientos necesarios para el buen ejercicio de la medicina se pueden aprender en la universidad. Por un lado, la carga abrumadora de disciplinas científicas, clínicas y quirúrgicas en los programas de estudio dejan sólo espacios y tiempos marginales a las disciplinas humanísticas que se etiquetan de manera despectiva como “materias de relleno”. Por otro, las fuentes de las que los estudiantes pudieran obtener inspiración para reflexionar y educarse en esos sentimientos les son casi siempre ajenas, pues se encuentran en la literatura, la historia, la filosofía, la psicología, etc. Fuentes a las que casi nunca se acercan porque no tienen el tiempo necesario y, sobre todo, porque carecen del hábito de la lectura atanta y paciente que debieron haber adquirido en etapas más tempranas de la vida.
Además, hoy ese hábito está casi extinto porque la omnipresencia de la tecnología informática con su inmenso poder de seducción y fuerza abrumadora ha orillado a los jóvenes –y no tan jóvenes– a la consulta simultánea de textos breves que se leen de manera espasmódica, brincando de uno a otro, tratando de seguir el ritmo alienante del scroll infinito.
Si Ruskin tenía razón cuando decía: “Decir la verdad es como escribir bien: se aprende a fuerza de ejercicio”, entonces son malos tiempos para que los médicos aprendan a dar malas noticias.
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