El ciudadano atento
HIJOS DE BABEL (segunda parte)
Dr. Luis Muñoz Fernández
Decíamos que el descubrimiento de la cuna del protoindoeuropeo, lengua que dio origen a las que habla hoy casi la mitad del género humano, no es cosa menor… y no lo es. Una de las razones es que las palabras no son sólo el vehículo a través del que se expresan nuestras ideas, sino una forma de ver y estar en el mundo. Las ideas, las palabras y las acciones están entrelazadas.
Álex Grijelmo, periodista pero, sobre todo, experto y divulgador de nuestro idioma, nos dice en La seducción de las palabras (Taurus, 2000), uno de su imprescindibles libros:
“Hay algo en el lenguaje que se transmite con un mecanismo similar al genético. Sabemos ya de los cromosomas internos que hacen crecer a las palabras, y conocemos esos genes que los filólogos rastrean hasta llegar a aquel misterioso idioma indoeuropeo, origen de tantas leguas y de origen desconocido a su vez. Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también heredamos las palabras y sus ideas, y eso pasa de una generación a la siguiente con la facilidad que demuestra el aprendizaje del idioma materno. Lo llamamos así, pero en él influyen también con mano sabia los abuelos, que traspasan al niño el idioma y las palabras que ellos heredaron igualmente de los padres de sus padres, en un salto generacional que va de oca a oca, de siglo a siglo, aproximando los ancestros para convertirlos casi en coetáneos. Se forma así un espacio de la palabra que atrae como un agujero negro todos los usos que se le hayan dado en la historia. Pero estos quedan ocultos por la raíz que conocemos, y se esconden en nuestro subconsciente. Desde ese lugar moverán los hilos del mensaje subliminal, para desarrollar de tal modo la seducción de las palabras”.
Tres conceptos y sus correspondientes palabras desataron la agresiva expansión germana que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Es lo que afirma Xabier Irujo, director del Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, Reno, donde es catedrático de estudios de genocidio, en La mecánica del exterminio. La industrialización de la muerte en los campos de concentración nazis (Crítica, 2025) Esos tres conceptos fueron Ostiedlung (colonización del Este de Europa), Volksdeutsche (los étnicamente alemanes “puros” que vivían fuera de Alemania) y Lebensraum (espacio vital o espacio para que pueda vivir el pueblo alemán). He ahí el poder de las palabras.
El párrafo anterior parece una digresión histórica innecesaria, pero no lo es. La historia de las pesquisas sobre cuna del protoindoeuropeo también está relacionada con los delirios místicos, raciales y eugenésicos de los nazis. La periodista científica y escritora Laura Spinney relata en Proto. How one ancient language went global (Proto. Cómo una lengua antigua se volvió global. Bloomsbury Publising, 2025) como ciertos arqueólogos europeos del siglo XIX con inclinaciones nacionalistas tomaron la palabra ario, el nombre que se adjudicaban a sí mismos los indios e iraníes antiguos, y la vincularon con un supuesto pueblo originario (Unwolk) situado en Europa. Los nazis llevaron esta fantasía más allá, asegurando que los primeros hablantes del protoindoeuropeo eran rubios, tenían los ojos azules, elaboraban cerámica con un estilo propio y vivían en el norte de Alemania.
Aunque con capítulos todavía por esclarecer, la historia de la cuna del protoindoeuropeo se ha enriquecido con el estudio de material genético de los restos de pobladores antiguos de la Europa del Este y el Asia Central enterrados bajo montículos de tierra (túmulos), así como el de los antiguos habitantes de la Península de Anatolia, Irán, la India y la parte noroccidental de China (los tocarios).
Es la historia del conflicto entre las dos formas de vida que adoptaron los primitivos cazadores-recolectores para convertirse en agricultores o pastores, pugna que la Biblia nos ilustra con el relato de Caín (labrador) y Abel (pastor). Y es también la historia de los Yamnaya, que, conociendo la rueda, recorrieron la estepa euroasiática en carros tirados por bueyes, llevando consigo su idioma (¿el protoindoeuropeo?) desde los montes Urales hasta los Cárpatos. Después, a lomo de los caballos que habían aprendido a montar, vendrían los escitas, los sármatas y los mongoles.
Por último, es la historia de lo que hemos sido siempre: emigrantes, esos que ahora escandalizan a los europeos sin memoria desembarcando en sus costas y atravesando sus fronteras.
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