El ciudadano atento
El buen médico y el médico bueno
Dr. Luis Muñoz Fernández
A propósito de la reciente celebración del Día del Médico y en un intento de ir más allá de los lugares comunes y las expresiones autolaudatorias que suelen abundar en estas ocasiones, quiero compartir algunas de las reflexiones de un médico internista catalán que me parecen valiosas y útiles, tanto para los colegas como para el público en general.
¿Es lo mismo un buen médico que un médico bueno? Esa es la pregunta que responde el doctor Miquel Villardell en su obra Confesiones de un médico (Plataforma Editorial, 2016), un libro que escribió “entre dos etapas importantes de mi vida: por un lado, el momento de terminar mi actividad en la medicina pública y, por el otro, el reto de seguir formando parte de la sociedad activa”.
En el párrafo final del prólogo, Miquel Vilardell lanza una advertencia:
“Ser médico es un lujo por todo lo que explicaré en las páginas siguientes, pero a veces también corres el riesgo de convertirte en una persona un poco orgullosa o arrogante. Estoy convencido de que hay que intentar evitarlo, aunque no sé si siempre se consigue…”.
Volviendo a la pregunta, el doctor Vilardell resalta la importancia de que el médico competente (el buen médico) sea también una buena persona (un médico bueno).
Para Miquel Vilardell un buen médico es el que siente pasión por lo que hace, disfruta haciendo su trabajo. Es lo que solemos llamar vocación, que puede haber nacido durante la infancia o adquirirse tiempo después. Otra característica del buen médico es que “siempre tiene las antenas puestas para captar hacia dónde van las cosas, que busca siempre aquellos conocimientos que puedan beneficiar su trabajo… Así pues, para ser un buen médico hay que irse actualizando siempre”. Ese conocimiento es tanto teórico como práctico (habilidades). Con esas dos sólidas bases el médico cumplirá su misión con el paciente, la misión contractual de la relación médico-paciente. Pero esto no es suficiente:
«Cuando hablo de “médico bueno” me refiero a que tiene unos valores personales que empieza a adquirir durante su infancia, en el seno de la estructura familiar». ¿Cuáles son esos valores?
El primero es la dedicación porque el médico bueno no tiene un horario fijo en el que brinde sus servicios. La dedicación va a aparejada con el segundo valor, el esfuerzo. Más allá de la jornada de trabajo, los problemas de los pacientes que atendió a lo largo del día lo acompañarán después y lo obligarán ya en casa a seguir examinándolos. La dedicación y el esfuerzo deben ser explicados a quienes rodean al médico, sobre todo a su familia, para que no deterioren las relaciones de un entorno inmediato.
Por la complejidad de los problemas que enfrenta, sin una solución inmediata y que entrañan aspectos muy delicados del enfermo, el médico debe hacer acopio de gran paciencia. “Las prisas son malas compañeras de viaje, y los atajos, en medicina, no existen”.
Otro valor esencial es la perseverancia. El médico no puede rendirse ante las dificultades de un caso. E igualmente, tiene que cultivar la prudencia para reconocer los propios límites, sobre todo si en ese caso en particular no se tiene la suficiente experiencia. La prudencia, junto con la humildad lo impulsará a consultar con otros colegas con mayor conocimiento en ese tipo de casos. La humildad es el antídoto contra la tentación del egocentrismo, muy común en el medio. Y el antídoto del eogocentrismo es el compañerismo, otro valor del médico bueno debe cultivar, que es el trabajar codo a codo con otros colegas. Dice Vilardell que los tres pilares del compañerismo son el afecto, la admiración y el respeto. Un cuarto pilar es la capacidad de dar al compañero sin esperar nada a cambio, así como de recibir sin olvidar. Por último, a un enfermo nunca se le debe hablar mal de un colega.
Resumiendo, el médico bueno es el que se conoce bien a sí mismo, cuenta con una estructura familiar sólida, una estructura formativa consistente y compañeros destacados en quienes respaldarse.
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