El ciudadano atento
El secreto de la vida
Dr. Luis Muñoz Fernández
Nadie ha encarnado mejor la revolución de la biología ocurrida a lo largo de todo el siglo XX que la pareja formada por James Dewey Watson y Francis Harry Compton Crick, mejor conocidos como James Watson y Francis Crick. Este, físico transmutado en biólogo y luego en neurocientífico, falleció en 2004 por un cáncer de colon. Aquel, biólogo, murió el pasado viernes 7 de noviembre de 2025. Juntos descubrieron la estructura del ácido desoxirribonucleico (el ADN), la sustancia química de la que están hechos nuestros genes, la información que heredamos a los hijos.
La historia de cómo ocurrió todo aquello se parece a la búsqueda del santo grial, la copa o recipiente para el vino usada por Jesucristo en la Última Cena. No en balde al ADN se le ha llamado en alguna ocasión “el santo grial de la biología”. A diferencia de la leyenda medieval, el esclarecimiento primero de la naturaleza y luego de la estructura tridimensional de ADN rindió frutos de tal peso en el conocimiento de la biología y de la medicina que llevaron a la historiadora de la ciencia Evelyn Fox Keller a considerar que el siglo XX fue desde el punto de vista científico “el siglo del gen”. Si hubiese que darle una denominación semejante al siglo actual, es probable que pudiéramos llamarle “el siglo del cerebro”, pues es ahí donde los científicos centran ahora los esfuerzos para descifrar su compleja estructura y a develar el misterio de funciones tan misteriosas como la conciencia.
Esta saga científica inició en el siglo XIX con el desarrollo de la química fisiológica que puso a Alemania en el centro del mapa de la ciencia mundial. Fue en el castillo o palacio de Tubinga que albergaba el laboratorio del famoso médico, químico y fisiólogo Felix Hoppe-Seyler. Allí, Friedrich Miescher descubrió en el núcleo de glóbulos blancos presentes en los vendajes purulentos de un hospital cercano una sustancia ácida que llamó nucleína (no se puede esperar mucha imaginación de la nomenclatura científica). Ya en el siglo XX, en el Instituto Rockefeller de Nueva York, Oswald Avery, apodado “el Profesor”, demostró que el material genético era el ADN. A partir de ahí, todo se desarrolló para converger en aquel 28 de febrero de 1953, cuando al entrar en el bar The Eagle en Cambridge (Reino Unido), Waltson y Crick (seguramente fue el extrovertido Crick) anunciaron a los parroquianos: “¡Hemos descubierto el secreto de la vida!”. Fue una exageración.
Como sabemos hoy, la famosa pareja logró su gesta gracias a que consultaron sin el permiso de su dueña la famosa fotografía 51, una imagen del ADN obtenida con la técnica de cristalografía de rayos X. Su autora, la química Rosalind Franklin, llevaba meses trabajando en el asunto y Maurice Wilkins, su jefe en el King’s College, sustrajo la foto sin su autorización y se la mostró a Watson y Crick. Al descubrir que el ADN tiene la forma de una doble hélice y publicarlo el 25 de abril de 1953 en un pequeño artículo de poco más de una página en la prestigiosa revista Nature se hicieron mundialmente famosos. Por ese descubrimiento y junto a Wilkins recibieron en 1962 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Rosalind Franklin nunca fue debidamente reconocida sino muchos años después, desarrolló un cáncer de ovario y murió en 1958.
En 2018 estuve con mi familia en la Universidad de Cambridge y nos tomamos una cerveza en The Eagle. Una placa sobre el dintel de la entrada recuerda aquel memorable 28 de febrero de 1953. Una mano justiciera ralló en la parte inferior de la placa la palabra “Franklin”, un nombre que debería estar siempre asociado al descubrimiento de Watson y Crick.
Como saben quienes la han visitado, la Universidad de Cambrige es un lugar maravillloso, evocador. Así describió Waltson en Avoid boring people. Lessons from a Life in Science (Alfred Knopf, 2007) la primera vez que estuvo allí: “Llegué a Cambridge en otoño de 1951 sintiendo su majestad y estilo intelectual únicos en el mundo. Su gran universidad, que refleja casi novecientos años de la historia de Inglaterra, se ubica a lo largo de la ribera del río Cam”.
Que descanse en paz James D. Watson, gran científico y ser humano con luces y sombras.
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