El ciudadano atento
Adiós querido broder
Para Arnoldo Kraus Weisman (1951-2025), a quien llamaban Anchul, in memoriam
Dr. Luis Muñoz Fernández
Escritor prolífico como fuiste, huésped de las mejores editoriales, te angustiaba que los miembros del Colegio de Bioética no entregásemos a tu ritmo los textos que gracias a ti empezaron a publicarse desde enero de 2023 en la versión electrónica de la revista Nexos. Ese blog, al que titulamos Bioética cotidiana, sigue vivo, sábado a sábado hasta hoy. En febrero de este 2025 me animé a escribirte para que me incluyeses en aquel hueco de la programación que con temor veías acercarse sin un nuevo texto. Fue en ese momento cuando decidiste llamarme broder:
“¿Sabes?–dijiste–, es una pena vivir en ciudades distantes. Contigo siento todo aquello que define a un broder escogido por elección. Casi no tengo amigos, amigos, a ti te considero broder”.
A partir de ahí, con esa palabra, empezamos a tratarnos a través del correo electrónico, casi el único medio escrito de comunicación por internet (además de los mensajes SMS) que te permitías, pues abjurabas más que yo –al menos yo uso WhatsApp– de las redes sociales.
Ese mismo día me hiciste partícipe de tu nuevo libro, escrito a partir de tus experiencias como paciente, pues apenas en noviembre de 2024 tu vida había dado un vuelco con uno de esos diagnósticos que yo hago casi todos los días. Como en otras ocasiones, me enviaste la primicia de lo que habías escrito, todavía sin concluir, para que te diese mi opinión. Mi respuesta fue entusiasta. Me acabo de enterar que con gran esfuerzo lograste concluir el libro y que tendremos la dicha de verlo publicado. Espero atento a que muy pronto aparezca en las librerías Cuarto 412. Un testimonio.
Como ya dije en otra ocasión, tus libros ocupan un lugar especial en mi biblioteca. Son lo que llamo “mi Biblioteca Krausiana”. Dicen que la mejor forma de honrar a un escritor (médico-escritor) es leerlo y eso es justamente lo que estoy haciendo, leyéndote y releyéndote desde el domingo pasado. Tengo la ventaja de que al leerte evoco el sonido de tu voz y eso me consuela. En dos de esos libros hay sendas dedicatorias escritas de tu puño y letra como no podía ser de otra manera, a lápiz:
“Por las lecturas y los escritos compartidos, cuyas palabras fusionan buena parte de nuestras vidas”.
Esa dedicatoria la escribiste en 2011, aquella ocasión que viniste a Aguascalientes invitado por el doctor Gerónimo Aguayo, director del Hospital Hidalgo, para darnos una charla sobre la muerte médicamente asistida. Ahí nos enseñaste algo muy importante que también has escrito en tus libros:
«Cuando me preguntan si estoy de acuerdo o no con la eutanasia siempre respondo: “No sé”. A renglón seguido, añado: “Debe conocerse con exactitud la situación de la persona que la solicita”. “La situación”, por supuesto, debe incluir todos los avatares del enfermo y las razones por las cuales él y sus seres queridos consideran que adelantar la muerte es solución ética y humana».
Cultivaste con fortuna varios géneros literarios. Como No eran letras, eran hormigas (y otros relatos breves), aquel librito que te ilustró Alejandro Magallanes. En el relato titulado Eso de morir…, escribiste:
—Debe ser horrible morirse —le dijo a Mauricio, su amigo.
—Quizás no tanto —respondió Mauricio— Mira, yo he estudiado filosofía, psicología, literatura y otras disciplinas; en todas se habla de la muerte.
—¿Y?
—Pues he aprendido bastante. Sólo falleces una vez, y cuando lo haces, todo se acaba. Sólo queda el infinito, el infinito personal: ahí, entre las paredes del infinito, nada te incomoda, nada sucede y nada te preocupa: ni siquiera tu muerte.
Creo que si Epicuro y Spinoza hubiesen leído ese relato, habrían sonreído.
Hoy ya reposas en “la casa de la vida”, que eso significa beit hajaim, el cementerio judío.
Descansa en paz, querido broder, pues ahora que has partido nosotros hollaremos tu sendero.
Comentarios a : cartujo81@gmail.com
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